Escribí esta columna mientras la gente estaba votando y cuando faltaban unas cuantas horas para que se cerraran las urnas. La escribí no como un ejercicio de clarividencia, sino como uno de desesperación, de preludiar la tragedia, de anticipar siempre lo peor y estar preparado para un golpazo en el ánimo o para sorprenderse si es que llega a suceder, que no creo.
Imagino que ganó Iván Duque. Desde el principio creí que no había nada que hacer porque a su alrededor se juntaron muchas maquinarias de esas que siempre han triturado, a las buenas o a las malas, cualquier expresión de cambio, y se sumaron todos los intereses de los poderosos, además de decenas de miles de acorralados por ese pánico ancestral de perder el patrimonio, así no haya patrimonio, y a pesar de que se les firmó en piedra que eso de la venezolanización era una gran mentira.
Me molesta sentir que me inventaron un presidente a la carrera, uno que no conoce el Estado, que no se formó para eso y a quien la Presidencia se le atravesó en un golpe enorme de buena fortuna porque era el de mostrar en su grupo; el menos horrible. Eso ocurre con los caudillismos: las sucesiones no fluyen porque no hay equipos, no hay voluntades en concertación sino amontonamiento de intereses y complicidades. Y por tradición, el caudillo corta cualquier cabeza que sobresalga o que no se agache.
Espero que no haya ganado por una diferencia abrumadora para que no llegue a alargar por otros cuatro años aquella falacia de que el uribismo es medio país y que tiene carta blanca para hacer y deshacer, gracias a un numeroso mandato popular.
Voté por Petro, sin ser petrista, aunque albergo la duda de si me volveré uno. Es que el uribismo te gradúa, a la berraca, de cosas que no quieres ser. Hace ocho años hice toda la bulla por Mockus, en contra de Santos, que representaba varios de los atavismos más indeseables de este país, en particular esa oligarquía autoconvencida de sus privilegios como mérito y mandato divino, y el delfinismo, esto es la transmisión de los predominios por razones genéticas, pero no por las evolutivas de Darwin sino por las aristocráticas de la revista Hola.
Con el pasar de los años, Uribe me volvió santista con sus ataques aleves al Gobierno, con sus mentiras cínicas y reiteradas, su recurso de ver la paja en el ojo ajeno (y removérsela), y sus movidas subterráneas en una venganza que se acercaba mucho al estilo de las vendettas mafiosas.
Voté por Petro porque creo que el tipo representa cosas interesantes pero sobre todo esa reivindicación eternamente pospuesta de los reclamos populares, ahogados en sangre, asfixiados y excluidos con pactos, arriba y debajo de la mesa. Y admito que ya el uribismo, el del expresidente, el de los que lo siguen, comenzó su tarea de hacérmelo sentir más cercano, de verlo con creciente simpatía y sintonía, al no admitirlo en un restaurante en Medellín, al engavetarle su logo en la Registraduría, al inventar que va a cerrar las iglesias, al poner a Jaime Bayly a destilar veneno en su sonsonete de falsa institutriz y a Alberto Bernal a amenazar con que las multinacionales ya están empacando las maletas.
Ya que Petro no ganó, espero que al voto en blanco le haya ido muy bien. Que haya sido más de un histórico diez por ciento; porque esa manifestación de repudio también cuenta. No es culpa de ellos que Duque ganara; no comparto esa tesis, furiosa y coercitiva desde algunos flancos, de que sufragar así era un suicidio; o un “autosuicidio”, como diría Maduro. Estuve cerca de hacerlo yo también, pero puestas las cargas en la balanza de los peores escenarios prefiero ser expropiado a ser expatriado.
También entiendo a Sergio Fajardo (mi candidato) al reafirmarse en su voto neutro, porque Colombia no se acaba hoy, aunque casi, y porque en cuatro años su gesto será coherente y será más fácil reagruparnos a todos desde la opción del centro (la suya) y no desde la de la izquierda, que genera más resistencias y es más susceptible de ser demonizada.
Ya que voté por Petro, me arrogo el derecho a decirle que quiero creer en él de modo creciente; que sea cada vez más clara su ruptura con el esperpento venezolano; y que ese discurso suyo, inteligente y seductor, se libere de manera progresiva de los estorbos populistas, de las tentaciones por atizar la lucha de clases. Que haga buena política en estos cuatro años, no la de la agitación, la ira, ni la que obstaculiza y nos sume en el desespero, sino la que plantea, propone, busca salidas, pone en evidencia a los corruptos y denuncia con pruebas. Ojalá vaya al Senado. Su voz sonaría poderosa desde allí.
No puedo negar que hiere, que arde esto de ver a Uribe regodeándose en el poder una vez más. Buscábamos que lo enjuiciaran por sus crímenes, de guerra, de paz, y no; lo premiaron con la Presidencia. A Duque no le digo nada; ¿para qué?
Todo está consumado.
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