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Álvaro Uribe (no) Way

29 de agosto de 2020 - 12:00 a. m.

MIAMI. – Lo más estrambótico que he leído en los últimos días, es un trino de un excongresista federal republicano, nacido en Estados Unidos y de padres cubanos, que escribió: “[Álvaro Uribe] es el Abraham Lincoln de Colombia”.

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El exsenador y expresidente es considerado aquí en el sur de la Florida como uno de los grandes adalides del anticomunismo continental. Una y otra vez te dicen que el hombre es el único que ha logrado salvar a Colombia de las garras del castrochavismo. Un héroe, entonces, no sólo para un importante número de colombianos que vive en Miami, sino para los curtidos políticos que se han aprovechado del resentimiento, el dolor y también de los prejuicios ideológicos de una comunidad exiliada, para convertirse en senadores o representantes (federales y estatales), alcaldes o comisionados (concejales).

Al respecto, Venezuela es el ejemplo más claro: los senadores republicanos Marco Rubio y Rick Scott le vendieron la idea a Trump y a sus asesores, que deshacerse del presidente Maduro era cuestión de horas, es decir, soplar y hacer botellas. En cada visita a Miami del presidente y vicepresidente, o del entonces consejero de seguridad John Bolton, lanzaban promesas y amenazas con el fin de seducir a los votantes, y en ese sentido hicieron muy buen trabajo: los venezolanos de aquí creen que las sanciones funcionaron, pero no es claro para quién, porque lo que llevaron fue más penurias para el pueblo. El supuesto objetivo final, derrocar al inquilino de Miraflores, nunca se cumplió. Y como premio de consolación quedó un presidente interino, una absoluta ficción política.

Colombia es un caso bien particular. Como no vive las turbulencias de su vecino (tal vez son peores, pero logra disfrazarlas con el mito de ser la democracia más antigua del continente), queda como subproducto exaltar a Uribe, en parte por oportunismo político. Nada raro, por lo tanto, que dos comisionados del Condado Miami-Dade, de ancestro cubano, hayan propuesto que una calle de Kendall, un vecindario en el suroeste de Miami en el que hay una presencia nutrida de colombianos, lleve el nombre de quien ahora está en detención preventiva por supuestos delitos de soborno de testigos y fraude procesal.

La colombiana es la segunda colonia más grande en el sur de la Florida (la primera es la cubana), y por eso es cortejada sobre todo por líderes del partido republicano. Aquí sin duda hay además un interés electoral inmediato: uno de los proponentes de la ordenanza para bautizar la calle con el nombre del “Lincoln” tropical, es candidato a la alcaldía del Condado Miami-Dade, y todo voto cuenta.

Además, en esta elección presidencial, Trump necesita sumar apoyos en Florida, y nada mejor que los uribistas tan receptivos a la fábula de que Joe Biden es un lobo socialista vestido de oveja demócrata.

Y como siempre, está el doble discurso. O mejor: la doble moral. Cuando un comisionado propone el nombre de alguien para rebautizar una calle, hay una investigación de antecedentes. En esa investigación, por supuesto Uribe no tiene ningún antecedente, el auditor del condado no encontró nada “adverso” que pudiera empañar esa nominación.

Claro, el auditor no conoce los informes del Departamento de Estado sobre los supuestos vínculos del homenajeado con el Cartel de Medellín; tampoco se leyó los informes de Human Rights Watch sobre graves violaciones de derechos humanos durante los ocho años de la llamada “seguridad democrática”; mucho menos revisó los más de mil quinientos folios que componen las pruebas en las que se basó la Corte Suprema para la detención preventiva del expresidente.

Doble moral, entonces. En los últimos dos años, esa misma comisión que exalta a Uribe, ha condenado en enérgicos términos a Maduro por razones parecidas: por falta de independencia de la justicia, por corrupción, por sus supuestos vínculos con el narcotráfico, por haber cooptado, para beneficio del chavismo, todas las instituciones de control. Es malo cuando se trata de “populistas de izquierda”, pero se hace caso omiso, se mira para otro lado, si el protagonista es un “populista de derecha”. No importa, lo fundamental es que evitó, según la lógica de estos políticos, que Colombia fuera una segunda Cuba.

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Durante los años más tenebrosos del imperio de los carteles de la droga en Colombia, con seguridad varios magistrados habrían sido asesinados, y una decisión de semejante trascendencia se habría abortado por intimidación. Ahora, la justicia colombiana logra dar un paso histórico. Pero aquí, en este ambiente de trasnochada guerra fría, en lugar de exaltar a los jueces, premian al reo.

A propósito: ¿Por qué no hay una calle “Alberto Fujimori”? Sencillo: porque los peruanos en Miami no son un importante caudal electoral.

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