Así es: se trata de pulverizar la personalidad del contendor político, mediante las malas artes del juego sucio, la mentira y la artimaña.
Ante el objetivo de ganar elecciones, no hay límite: inventar noticias, esculcar en la vida privada del candidato para encontrar su lado flaco o sórdido, explotar sus enfermedades. Manipular el miedo, los fantasmas y los prejuicios del electorado. Es una apuesta dura y fría, hecha por sujetos sin escrúpulos.
En eso fue maestro de maestros Harvey LeRoy “Lee” Atwater, estratega republicano, genio del montaje que, en las elecciones presidenciales de 1988, cuando el candidato republicano era George H.W Bush (padre del antecesor de Obama), acudió a toda clase de bellaquerías para destruir, asesinar, la personalidad de Michael Dukakis, el candidato demócrata. Como es ya tradicional en el partido republicano, sus líderes y estrategas buscan siempre pintar a su oponente como débil e inseguro, ya sea frente al crimen o frente a los comunistas, para hablar en términos de aquel entonces, cuando faltaban meses para que se cayera el muro de Berlín y llegara a su fin la guerra fría.
Pero esta vez, Atwater fue más lejos: regó el rumor de que Dukakis había sido tratado por problemas mentales. Verdad o mentira, tuvo un efecto devastador en la candidatura demócrata. Atwater murió a los 40 años; por paradojas de la vida, víctima de cáncer en el cerebro. Era temido por sus tácticas demoledoras. La mitad de su corta existencia, la dedicó al trabajo meticuloso de convertirse en un hombre de puño de hierro. Lo logró, pero a un precio muy alto. En sus últimos días, pidió perdón por sus excesos en la conquista de la Casa Blanca.
Su huella es indeleble. Se puede ver en el actual juego de los republicanos, de obstruir de manera sistemática las iniciativas del presidente Obama, ya sea en la escena parlamentaria, o a través de frases de combate, sin asidero en la realidad, que van directo a la ignorancia, el desespero y la ideología maniquea de la empobrecida clase media norteamericana: que “Obama es un dictador”, que “quiere acabar con las libertades”, que “busca tomarse por asalto la iniciativa privada y socavar el espíritu emprendedor del pueblo estadounidense”.
En Colombia, Juan Manuel Santos parece que quiere, de manera tardía y un poco a la loca, ser el primer candidato en utilizar a fondo las tácticas de la llamada publicidad negativa. Claro que se le olvida un detalle: aquí no hemos sido tan sofisticados de inventarnos chismes y canalladas, sino que hemos liquidado, a bala limpia, al adversario político. Ese ha sido nuestro estilo de hacer “propaganda negra”, podríamos decir que desde el crimen de Rafael Uribe Uribe hasta el presente.
El partido de la U, con el agua al cuello, ha decidido importar, sin los papeles en regla, al gran gurú de la trampa y la infamia. Vamos a ver qué trapisonda se inventa. Cómo va a explotar las debilidades de Antanas y los papayazos que dé, en su estilo franco de opinar. Por lo pronto, ya le están cobrando sus declaraciones sobre Chávez y la supuesta extradición de Uribe.
Lo más probable es que utilicen Facebook como campo de batalla, con las tácticas más bajas de publicidad de alcantarilla. Otra novedad en esta campaña que prometía ser tediosa: el asesinato de la personalidad (character assassination, como se conoce en Estados Unidos a este modelo de comunicación política) es decir, el intento de destruir la reputación de un candidato. Ojalá no pasen de ahí, de las palabras y las imágenes. Que vituperen pero de manera pacífica.