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Ciudad donde todo tiene un precio

27 de noviembre de 2015 - 10:34 p. m.

PRAGA.- Horas después de la masacre terrorista en Paris, el único rastro cierto del impacto de ese atentado en la capital checa eran las cientos de velas encendidas y las decenas de ramos de flores dejados por ciudadanos anónimos a la entrada de la embajada de Francia, localizada en Malá Strana, muy cerca al imponente Charles Bridge, uno de los grandes tesoros arquitectónicos e históricos de la ciudad.

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Habíamos llegado a la capital checa el 14 de noviembre, procedentes de Roma, y la entrada al aeropuerto Vaclav Havel fue como si no hubiera pasado nada. Nadie nos requisó, ni nos pidió ninguna clase de documentos, porque estábamos en la zona Schengen, es decir, en esa área sin fronteras compartida por varias ciudades europeas. El puerto de entrada había sido la capital italiana, en el aeródromo Leonardo Da Vinci, y ahí las autoridades hicieron un trabajo no muy exhaustivo, si se tiene en cuenta el impresionante operativo que desplegaron los comandos del Estado Islámico en la capital francesa.

Queda muy poco de la huella socialista en Praga. Apenas esas torres de apartamentos minúsculos, habitadas por miles, localizados en los extramuros de la ciudad, tan populares también en las afueras de Moscú, en la época del poder soviético. Praga es un museo gigante; cada esquina, cada calle, tiene una historia. Es una ciudad que, a pesar de las guerras y de las catástrofes naturales, conserva su estructura básica desde hace cuatro siglos.

Sus iglesias restauradas, los tesoros que reposan en ellas, las obras de arte que han sobrevivido más de quinientos años a los incendios, las revoluciones, los saqueos y la violencia están ahí, como testimonio de un pueblo muy consciente de su patrimonio. No hay grandes despliegues de seguridad en ninguno de esos sitios, la vigilancia es mesurada, diría mínima, para el incalculable valor que se conserva en cada edificación.

Es impresionante para alguien proveniente de América Latina y de un país como Colombia, ver cómo se conserva y se cuida un acervo cultural e histórico que sobrevivió, por ejemplo, a la barbarie nazi.

Tal vez donde queda un poco de esa rudeza de atención al cliente típico del socialismo real, es precisamente en los sitios públicos, en las estaciones del metro y del tren. En los almacenes, restaurantes y hoteles, la atención es distinta; sus dueños saben que el turismo es una industria clave, que deben consentir a los visitantes, aunque es claro que los checos, al menos en la capital, han impuesto una economía de mercado en la que cobran por todo, nada es gratis, ni la entrada a las iglesias, ni el agua, ni el ingreso a los baños públicos, algo que no pasa en los parques, estaciones o aeropuertos de Estados Unidos. En Praga, señores, todo tiene un precio.

La República Checa no ha vivido las presiones migratorias de los últimos meses, y tampoco ha querido abrir sus fronteras. Se mantiene refractaria a los vaivenes que sacuden a Europa Occidental, tanto migratorios como políticos. Tal vez su historia ha sido demasiada intensa, a lo largo de los siglos, y en este tumulto de terrorismo y de tensiones étnicas y religiosas, vive un momento de relativa calma que se logra percibir en su cotidianidad en la que, por lo menos a primera vista, son los turistas los que ponen el escándalo.

¿Cuánto tiempo más logrará mantener ese oasis de paz en medio de tantas amenazas?

 

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