Ahora que estamos en la cresta de la ola ética, sería bueno preguntarle a Antanas Mockus por qué es moral, serio, inteligente, pedagógico, generar un nuevo ambiente de malestar y de macartismo contra el Polo Democrático Alternativo…
Ahora que estamos en la cresta de la ola ética, sería bueno preguntarle a Antanas Mockus por qué es moral, serio, inteligente, pedagógico, generar un nuevo ambiente de malestar y de macartismo contra el Polo Democrático Alternativo al reproducir, casi al carbón, las palabras de hostilidad que han justificado, en estos ocho años (para no hacer largo el cuento), agresiones, persecuciones, hostigamientos y crímenes contra el movimiento del que ahora es candidato presidencial Gustavo Petro.
La estrategia es tan clara como burda: ganarse las indulgencias de algunos seguidores desencantados del mesías, con monsergas de rancia estirpe extremo derechista. Es increíble cómo la proximidad del poder transforma el alma de los seres humanos. Con semejante maroma, el ex rector de la Nacional entra en la fila de quienes, por años, le han echado leña al fuego devastador de la guerra sucia. Siempre la sospecha, el comentario torcido, la insinuación malintencionada, la UP es el brazo político de las Farc, los defensores de derechos humanos son cómplices del terrorismo, la “línea dura” del Polo le hace el juego a la subversión…El sólo hecho de afirmar que la desigualdad, la injusticia, es caldo de cultivo para la violencia, ya es prueba suficiente para señalar a Petro o a Gaviria, “el radical”, como simpatizantes de los fierros.
Es a todas luces inconsecuente, inmoral, la manera cómo, en este último tramo de campaña, Mockus trata a la izquierda democrática. ¿No se parece a esos que se arropan con las banderas de la legalidad y las buenas costumbres y, al mismo tiempo, aupan el autoritarismo o la discriminación? El candidato del Partido Verde, con el fin último de coronar la presidencia, justifica uno de los medios más despreciables: el oportunismo.
Que José Obdulio diga cosas parecidas, es apenas obvio. Tampoco se puede esperar nada más. Pero de Antanas sí: él proyecta la imagen de hombre transparente, justo, limpio. Por lo menos de labios para afuera, quiere quebrarle el espinazo a la corrupción, al cinismo enquistado en la Casa de Nariño, aunque no lo diga de manera directa. Busca una manera distinta de pararse en el mundo, bajo los criterios de honestidad intelectual y corrección política. ¿Cómo compaginar lo anterior con un discurso y actitud que vuelven a poner contra el paredón (que no contra la pared) a una fuerza política que apenas está logrando levantar cabeza después del exterminio de un movimiento que, al igual que el Polo, buscaba una Colombia más diversa y democrática?
No es fácil mantener incólumes unos valores, sobre todo cuando parece real la posibilidad de mandar, de ser presidente. No es lo mismo que la alcaldía: se trata de dirigir los destinos de una Nación, de llevar a buen puerto (si esa es la idea) las esperanzas de un pueblo, de una nueva generación. La tentación de desandar lo recorrido es enorme.
En las campañas políticas hay golpes bajos y heridas. Hillary Clinton y Barack Obama se trataron, durante las primarias demócratas, como los peores enemigos. Hoy, ella tiene a su cargo la delicada tarea de sacar adelante la política exterior de la actual administración. Nuestro contexto político es muy distinto, estamos en medio de una guerra que no quiere amainar, y nuestra vida como país pasa, quiérase o no, por ese cedazo.
Entonces, Antanas, ¿Para qué seguir alborotando a los demonios, para qué más piruetas innecesarias, si más temprano que tarde, por la misma dinámica de los acontecimientos, el verde y el amarillo tendrán que recorrer el mismo camino de la victoria?