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El eterno cuarto de hora de un patán

16 de octubre de 2015 - 09:00 p. m.

MIAMI.- Desde junio, cuando lanzó su destemplado grito de guerra al medio mundo que desprecia, Donald John Trump no ha dejado de crecer en las encuestas.

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Ahora, como una viscosa mancha de aceite, ya va a la cabeza de los sondeos en New Hampshire, Iowa, Carolina del Sur y Nevada.

Lo suyo es la reconquista del voto blanco cerrero y conservador: el 66 por ciento de sus seguidores cree que Obama es musulmán y el 61 por ciento jura, sin remordimientos, que el intruso de la Casa Blanca no nació, por supuesto, en Estados Unidos.

Este personaje, que tiene a los científicos políticos mordiendo el polvo de la incertidumbre, me recuerda a aquel personaje de la última película de Peter Sellers –Desde el Jardín- convertido en un fenómeno de comunicación de masas, en una especie de tuerto en medio de un vasto rebaño de ciegos que, por arte de la casualidad y de las apariencias, impresiona al milímetro de profundidad de los televidentes con sus palabras deshilvanadas e incomprensibles.

No es casual que Trump, un patán de oficio y de temperamento, haya logrado pelechar en un grupo poco educado, entre los 45 y 65 años de edad, en promedio, y con unos ingresos por debajo de los cincuenta mil dólares al año. Por lo tanto, a este magnate de la especulación inmobiliaria, no lo siguen los más cultivados o los más ricos. Van detrás de él aquellos que sienten que, bajo el estropicio de un negro engreído, socialista y flojo de remos, el faro de la libertad, la potencia excepcional, la tierra de promisión, se convirtió en un imperio vapuleado por toda clase de impertinentes y sátrapas, en una nación que perdió su norte de feraz campo de libertad, individualismo y oda inmortal a la propiedad privada. Se perdieron no sólo puestos de trabajo –que dejó inane a la clase media – sino la dignidad, casi divina, de una potencia señalada para regir los destinos del mundo, libre o subyugado.

Donald es un puñado de generalidades envueltas en fuegos de artificio. Es el líder de la vaguedad, del adjetivo arisco, de la frase efectista. Es un matón de barrio, tocado por la sofisticación de quien heredó una fortuna y tuvo los arranques y las agallas de centuplicarla al socaire de inteligencia, bravuconadas y golpes bajos. Dentro de su particular universo, el mundo gira bajo sus propias reglas. Al menos eso es lo que cree y, hasta el momento, el truco le ha funcionado como un relojito. Es el rey de los medios de comunicación y de los blancos arrinconados por sus propios prejuicios: los mexicanos criminales, los afroamericanos salidos de madre, los terroristas tratados con guante de seda. El país glorioso en bancarrota.

El muy ladino no se ha gastado un dólar en publicidad. Ha logrado, con sus desplantes al natural y su talento para el escándalo, atraer a diario a televisión, radio, periódicos y redes sociales. No hay duda de que la insurgencia de esta figura, sacada de la entraña misma de esa parte de Estados Unidos que vive en el pasado con los sufrimientos del presente, ha hecho historia. Puedo decir con certeza que no será el presidente de un país muchos más diverso e inteligente que esta caricatura de caudillo, pero su impronta deja en claro que hay un sector considerable de la sociedad estadounidense que vive una profunda frustración, que siente que su país entrañable ha sido invadido por una horda salvaje proveniente del sur, que se perdió el norte desde el momento en que el mestizaje le empezó a robar terreno a la “América anglosajona y protestante”. Ese puñado de indignados va en el vagón de atrás, pero, por el momento, con una locomotora que ensordece.

@sergiootalora

 

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