MIAMI.-En Estados Unidos los blancos más conservadores y menos educados tienen miedo.
Mucho miedo: durante los últimos ocho años les dijeron que habían perdido su país por las maromas políticas de un negro izquierdista, acaso musulmán y, en todo caso, nacido en otro país que buscó ampliar los poderes del Estado y destruir la esencia misma de la democracia.
Pero hay más. La leyenda continúa. También dijeron que ese gobernante débil y entreguista permitió que el mundo entero, y sobre todos los enemigos, le perdieran el respeto y el temor a la gran potencia nuclear con el ejército más poderoso de la tierra. “Dejamos de ganar” repite a todas horas Donald Trump. “Este país es pobre”, le dijo a la junta editorial del Washington Post, para justificar por qué había que liquidar a la OTAN o dejar que Alemania o Japón paguen el ciento por ciento de la cuenta.
En las últimas manifestaciones del animador de “reality shows”, ha tratado a la gente que se opone a él de “basura”, “delincuentes”, “gente mala”, “agitadores profesionales”. “Esos tipos” tienen sitiado al gran país que alguna vez fue “America”. Ahí están: los “ilegales” que vienen a delinquir, los negros que se toman las calles por asalto, un presidente que debilita la autoridad y los defiende a capa y espada.
De pronto la franja más radical, la que cree que la pobreza llegó a este país de la mano de los “mexicanos” (léase todos los latinoamericanos, porque para el gringo de Oklahoma o de Idaho no hay diferencias entre un argentino o un guatemalteco) y de los tratados de libre comercio, más dos periodos presidenciales de un “comunista”, esa franja, digo, piensa que alguien debe rescatarles el país que perdieron o están perdiendo. Lo afirma una y otra vez el primer caudillo autoritario –de corte tercermundista- que salta al escenario político estadounidense en sus más de doscientos años de vida republicana: “vamos a recuperar nuestro país”. No dice cómo, no tiene un plan, ni un esquema así sea vago. Pero posee el talento para incendiar, para vender falsas expectativas y para decir palabras que tocan nervios sensibles.
Los blancos, evangélicos o de la clase obrera, que se juran raza superior y ven una amenaza en todo lo que no se les parezca, han sentido que el charlatán que ahora lleva la ventaja en las primarias republicanas es una esperanza para rescatar esa nación perdida que sus padres construyeron y disfrutaron. Y sienten que el presente es a otro precio: el sueño americano dejó de ser la hipoteca que se pagaba a 30 años, el carro que se compraba de contado, las vacaciones modestas, los niños en la escuela, un trabajo seguro, una vida sin sobresaltos. Un mundo en blanco y negro, los rusos malos, lejos, en la estepa, y los buenos aquí, en la patria del Tío Sam.
Se acabaron las vacas gordas, y lo peor de todo es que no saben por qué. O, más bien, de pronto lo único que saben lo ven desde la óptica del miedo. De la ignorancia. Y de la alienación. Porque, en realidad, la decadencia y casi desaparición de la clase media ha sido un proceso lento pero sostenido que lleva cuarenta años de añejamiento.
En este momento se ha despertado, por lo tanto, lo peor de este país, el Tío Hyde, ese lado oscuro que los republicanos y los demócratas habían logrado aislar, después de la era del odio racial y el extremismo. Hay violencia en las manifestaciones, el Ku-Klux-Klan y sus entusiastas seguidores sienten que uno de los suyos puede ser presidente; la mentalidad excluyente, xenófoba y militarista ha encontrado a un vocero. No importa si es confuso o agresivo. Es millonario y frentero. Y gana: eso es lo importante.
La élite republicana, repugnada por el monstruo que cebó, que ayudó a crear, ahora no sabe cómo quitárselo de encima. El Washington Post lo ve como un riesgo muy alto para la estabilidad del país y del mundo. Sobre todo después de que aceptó ser entrevistado por su junta editorial y ésta quedó desconcertada ante una figura “que no está preparada para ser presidente”, como lo escribió con estupor ese periódico en su editorial.
El peligro, por lo tanto, es inmenso. Podría ser un salto al vacío, no sólo por la evidente ignorancia del candidato puntero, sino por los demonios que ha estimulado y la posible instauración de un estilo caudillistas, que ahondaría aún más, si es posible, la división política que ha convertido a Washington en una bomba de tiempo.