MIAMI.- Después de muerto, como Elvis Presley o Michael Jackson, Pablo Escobar se ha vuelto una mina de plata.
Está de moda: hacer una serie de televisión sobre el padre del desmadre de Medellín y por ahí derecho del país entero, ya se ha vuelto sinónimo de buenos dividendos económicos.
Hay al parecer dos producciones en camino inspiradas o basadas en dos libros escritos por la presentadora y ex amante del “patrón”, Virginia Vallejo. Los inversionistas de Estados Unidos y de Europa saben que cuando se trata de sangre y plomo más un forajido de la droga que, poco a poco, se está convirtiendo en mito, la formula derrota cualquier historia de amor o de terror.
La leyenda de Pablo es redonda: un pobre diablo (o al revés, es cuestión de gustos) que con astucia logró escalara todos los duros peldaños del crimen, hasta convertirse en uno de los grandes desafíos de la clase dirigente colombiana que, ante el poder de las bombas y del terror de los extraditables, comandados por Escobar, no tuvo más remedio que aceptar la derrota bajo la trapisonda de una entrega de mentiras y una prohibición de extradición sellada en la constituyente de 1991.
Y todo esto salpicado con un supuesto discurso izquierdista de Escobar, bien aceitado con el billete contante y sonante que rodaba sin límite por las comunas. El primer medio en abrir el sendero hacia la santificación de un delincuente fue la revista Semana cuando, en 1983, se le ocurrió la dudosa idea de calificar al capo como una especie de Robin Hood criollo, al mando de la campaña Medellín sin tugurios. Escalón que le faltaba al asesino para convertirse en un ángel vengador de los pobres con el apetito abierto para emprender la empresa más desafiante, imperfecta y azarosa de todas: el ingreso a la política, de la mano de una casta venal y oportunista que le sacó el jugo hasta donde pudo, mientras lo combatía sin darle la cara, tras bambalinas.
El fantasma de Pablo ha entrado al jet-set internacional de la realidad convertida en espectáculo. La casi infinita saga de la conquista del Oeste, con sus villanos de celuloide y bocanadas de falsedades históricas, ha encontrado en la tragedia del narcotráfico una veta aún pulpa para la industria del entretenimiento. Lo más triste es que fuimos los propios colombianos, victimas primigenias de la locura del negocio de la droga incrustado en el tejido de nuestras seculares violencias, los que hemos abierto el camino para contar la historia banalizada, convertida en culebrón teñido de salsa de tomate, en truco de utilería, de uno de los momentos más complejos, que aún nos determina, de nuestra vida social.
No es raro, por lo tanto, que Netflix, en su capacidad para producir productos audiovisuales de gran calidad, haya tocado a las puertas del fantasma de Medellín para volver a contar el cuento al antojo de los productores, a su leal saber y entender, bajo los ropajes cómodos de la ficción, licencia perfecta para inventar hechos y pasar por encima, si así lo pide la trama, de verdades históricas.
Pero en medio de la fonética enrevesada de paisa con brasilero, y toda la pirotecnia de la puesta en escena a lo Hollywood, hay algo que rescato de la serie Narcos: que sea un agente de la DEA el narrador principal y que sea un personaje omnipresente en cada una de las escenas del drama. Porque fue por ahí, precisamente, que la pita se enredó aún más en el tratamiento de los narcos. Y me impactó cuando, en uno de esos momentos de extrema violencia, el tipo de la agencia antidrogas estadounidense dice que en la Colombia de ese entonces había una línea muy difusa entre el bien y el mal. La Policía y el Ejército actuaban con la misma sevicia y crueldad que su supuesta antítesis, el delito. Nadie estaba exento de culpa a la hora de apretar el gatillo. Ni siquiera los políticos.
Hay quienes, con cierta doble moral, se rasgan las vestiduras ante esta cascada de series y películas. Creo que si de verdad queremos hacer una catarsis colectiva y expiar nuestras propias culpas, debemos nosotros mismos tener el coraje de contar la historia con todas sus complejidades, no sólo para entretener –si se quiere- sino para lograr entender qué nos pasó y cómo no repetir los mismos errores. Pero si seguimos la línea del culebrón, con las tetas y el paraíso como paradigma, o ese extraño enrazado de documental y ficción que fue el Patrón del Mal, no nos queda más remedio que aceptar que, en manos de los magos del showbusiness internacional, tendremos a cualquiera de nuestros capos convertidos, con el pasar del tiempo, en el Traqueto Solitario. Y su inseparable amigo, Popeye, pero no el marino.