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¿Ha valido la pena?

02 de enero de 2009 - 07:04 p. m.

CUANDO TRIUNFÓ LA REVOLUCIÓN en Cuba, en 1959, Barack Obama no había nacido. Ése parece un dato menor, pero no lo es: el presidente electo de los Estados Unidos es el primero que nada tiene qué ver con las miserias y descalabros de la Guerra Fría.

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Uno de ellos: el bloqueo o embargo contra la isla, destinado a estrangular, en lo político y económico, un poder naciente que se apartaba de los dictados de Washington y se acercaba, cada vez más, a un modelo de socialismo que buscó, en sus inicios, su propio lenguaje pero pronto asumió el modelo soviético con todos sus demonios.

Dicen que los cubanos tienen grandes expectativas con el próximo inquilino de la Casa Blanca, porque es un líder que puede llegar a negociar, de manera paulatina, una normalización de las relaciones de Cuba con su poderoso némesis. Se está creando el caldo de cultivo para ello. Por ejemplo: el ingreso formal de Cuba, con plenos derechos, al Grupo de Río, hecho que marca un franco distanciamiento de América Latina con la política internacional del Tío Sam en la región.

¿Qué reconocen los gobiernos latinoamericanos al acoger, de manera por demás cálida, a un pequeño país que fue expulsado, en 1962, de la OEA? En primer lugar, y como lo dijo el presidente de Brasil, Luiz Inácio Lula da Silva, que el aislamiento y el embargo a Cuba no tienen sentido, ni en el aspecto económico ni en el político. Por otra parte, que la Revolución es el punto de partida de un largo (y sangriento) camino recorrido por América Latina para encontrar sus propias formas de poder. En tercer lugar, que la vía al socialismo escogida por Cuba no es vista por los diversos presidentes de esta parte del planeta como una forma de tiranía casi perpetua, regentada con puño de hierro, primero por Fidel y ahora por Raúl. Incluso México, bajo la presidencia de Felipe Calderón, ha disminuido por completo el tono de pugnacidad impuesto por su antecesor, Vicente Fox, quien optó por un camino de beligerancia radical frente al tema de la violación de derechos humanos en la isla.

De una forma u otra, es asumir el proceso revolucionario en Cuba, con sus profundas limitaciones, fracasos y logros, más allá de las condenas o críticas por la manera dictatorial como se ejerce el poder y se ventilan las contradicciones de esa sociedad. ¿Han valido la pena entonces todos estos años de sacrificios y penurias, de rupturas y tragedias familiares, de enconados enfrentamientos con los diferentes presidentes norteamericanos que han tenido que lidiar con esa dolorosa piedra en el zapato?

Como modelo (el mismo Fidel es crítico de la lucha armada) no se puede decir que sea, hoy por hoy, motivo de inspiración para nadie. Después de medio siglo, la gran fuerza de la Revolución Cubana radica en que, sin ella, ninguna de las transformaciones que se vienen dando en América Latina, por la ruta democrática, serían hoy posibles. Bachelet o Chávez o Lula o Morales, todos son hijos de esa utopía originaria.

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Feliz año para todos. Que este 2009 nos traiga las buenas noticias que todos anhelamos.

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