MIAMI.-Las cifras son espeluznantes: Estados Unidos tiene el 4.4 por ciento de la población mundial pero sus ciudadanos posee el 42% de armas del planeta.
Esto significa, en estadísticas de 2007, que en este país hay 88.8 armas por cada 100 habitantes. Y esta superpotencia –que aún puede mostrar que es la economía más grande del universo con un poderío militar que ningún país, hasta el momento, ha podido igualar –es la que produce, cada año, más homicidios por un millón de habitante, dentro de las naciones industrializadas: Australia genera 1.4 asesinatos con armas de fuego; Estados Unidos, 29.7.
El pasado fin de semana, en una ciudad pequeña de la costa Occidental de la Florida, en Fort Myers, en una de sus calles céntricas, se celebraba un estrambótico festival de música electrónica con asistentes disfrazados de zombis. En medio de la fiesta, alguien decidió abrir fuego y, en su loco accionar, dejó un muerto y por lo menos cinco heridos. Dos días después, en la capital de la Florida –Tallahassee- en su Congreso, dos subcomités del Senado (uno de educación superior y otro de justicia criminal) aprobaban dos proyectos de ley, a todas luces innecesarios y peligrosos, sobre tenencia y porte de fusiles y pistolas.
Uno de ellos era para permitirles, a quienes fueran propietarios de armas con licencia, portarlas de manera abierta, a la luz del día, como en el viejo oeste. Usted pensará que eso es absurdo. Pues no: Florida es uno de los cinco estados (Estados Unidos tiene 50) que todavía prohíbe el porte de pistolas en el cinto, a la vista de medio mundo. El segundo proyecto buscaba que en las universidades públicas quienes tengan permisos, expedidos por las autoridades, puedan llevar armas pero ocultas. En la práctica, sin embargo, si se combinan los dos proyectos de ley (que pueden llegar a sanción del gobernador Rick Scott y convertirse en norma legal del Estado) las personas mayores de 21 años podrían pasearse por los centro educativos con sus pistolas al aíre, como si fueran los protagonistas de una película de vaqueros.
El argumento es majadero, pero es el que está a la orden del día por parte de la mayoría del partido republicano que domina las dos cámaras del congreso estatal: entre más fierros haya, se incrementa la seguridad pública. Y entre más se amplíe la tenencia de revólveres y fusiles, se fortalece la libertad emanada de la Segunda Enmienda que protege el derecho, de cada ciudadano, a portar armas.
Es el gran demonio de este país. Convirtió en derecho inalienable, en libertad civil, como la libertad de expresión o de profesar una religión, cargar un arma. Y la industria armamentista está feliz porque, además, tiene un brazo desarmado, poderoso y eficiente –la Asociación Nacional del Rifle- que utiliza su músculo financiero y su profunda influencia para comprar el favor de congresistas de los dos partidos, tanto federales como estatales, que legislan para sabotear cualquier intento de limitar el acceso a miniusis, rifles de asalto o una colt.
Tiene tal capacidad de comprar conciencias que ni la horrible masacre de la escuela primaria Sandy Hook, en Newtown, Connecticut, sucedida en 2012, en la que murieron 20 niños de seis y siete años y seis adultos (maestras y la rectora del plantel), fue argumento irrefutable para detener esta locura constitucional del porte de armas. Obama y los demócratas fueron derrotados en el Congreso. Ni siquiera lograron ponerle coto a los fierros que se venden en las ferias de armas, esa especie de bazar de energúmenos en busca de toda clase de artefactos de muerte. Ahí cualquier criminal o loco puede adquirir una semiautomática o una escopeta de cacería, y municiones a granel, sin que la ley obligue a los comerciantes a realizar revisión de antecedentes penales a sus potenciales clientes.
Tal vez muy pocos lo sepan: en Estados Unidos, desde esa matanza en el pequeño pueblo de Newtown, ha habido 986 tiroteos con más de cuatro muertos, sumado el atacante. Ello significa que en este país, que se ufana de ser el faro universal de las libertades, hay una masacre casi todos los días. Después de un ataque a una universidad, en Oregón, el tema de las armas saltó a la palestra de la elección presidencial y la precandidata demócrata, Hillary Clinton, retomó la idea de restringir el porte de armas. Puede ser flor de un día. Puede durar tanto como el lapso de tiempo que hay entre una ráfaga mortífera y otra. Pero lo último que se pierden son las esperanzas.