EL TÍO SAM, SEÑORES, RENQUEA COmo un viejito decrépito. Esta vez la cosa va en serio: cifra creciente de desempleo, inflación inatajable, quiebra de bancos, colapso del sistema financiero, pérdidas de miles de millones de dólares de emblemas mundiales del espíritu pionero norteamericano, como la General Motors. Y para completar, el último número de la revista Time trae un titular inquietante: Estados Unidos está a la venta.
Ejemplos al canto. Los chinos compraron, por ocho mil millones de dólares, la división de repuestos de General Electric. Mientras tanto, los suizos son dueños, por la escalofriante cifra de cuarenta y cuatro mil millones, de Genentech, una compañía de biotecnología. El edificio de la Chrysler, en Nueva York, es ahora propiedad de los árabes. Y la ultragringa cerveza Budweisser ha quedado en manos de un conglomerado belga-brasileño. Según Time, en 2007 el capital extranjero compró dos mil empresas estadounidenses, por un valor de más de cuatrocientos mil millones de dólares.
Esto, que algunos optimistas interpretan como dinamismo de la economía, es síntoma de una situación grave: el déficit comercial de Estados Unidos es de más de setecientos mil millones de dólares, el cinco por ciento de su producto interno bruto. La pregunta obligada: ¿Está en seria e irreparable decadencia el imperio?
La economía gringa, en los últimos treinta años, no ha sido un jardín de rosas. Ha padecido recesiones, altas cifras de desempleo, aguda desconfianza del consumidor, pero nunca un desastre tan masivo y devastador como el actual. La famosa crisis hipotecaria, que estalló en el verano de 2007, ha contraído el crédito a niveles históricos, tanto que es casi imposible que una familia de clase media logre que le presten plata para comprar una casa, pilar del mítico sueño americano.
El frente externo es aún más preocupante. Rusia, como se ha visto con la crisis del Cáucaso, está aprovechando su viejo poderío imperialista, y su bonanza económica, para recuperar el terreno “perdido” con el derrumbe de la Unión Soviética. Una reedición de la Guerra Fría, sin el comunismo de por medio, cogería a un Tío Sam debilitado, achacoso, en medio de una ruinosa intervención en Irak que les cuesta al mes a los contribuyentes cerca de cinco mil millones de dólares. Además, la era Bush ha dejado por el suelo la autoridad moral de un país que, con la argucia de la amenaza terrorista, viola de manera flagrante los derechos humanos.
Mientras tanto, McCain parece haber superado en las encuestas, por primera vez, a Obama. Esa no es una buena noticia. Es, más bien, otro síntoma del derrumbe. Bien lo dijo el ex vicepresidente Al Gore, en su libro El asalto a la razón: “La persistente y sostenida confianza en la falsedad como base de la política, incluso de cara a una masiva y bien entendida evidencia que demuestra lo contrario, parece haber alcanzado en muchos americanos niveles antes inimaginables”. Esto significa que la orquestada campaña contra el senador Obama está dando sus frutos: muchos creen, a pesar de todo, que es musulmán y socialista.
Es imposible creer que el pueblo estadounidense se equivoque por tercera vez con la elección de un hombre que es un completo analfabeto en temas económicos, vive obsesionado con la guerra y comparte, en su totalidad, la estrategia y el tono de la administración Bush. Pero es entendible: el electorado norteamericano se mueve al vaivén de los instintos y las manipulaciones. Su fuente primaria de información es la llamada caja idiota, y ante ella, Al Gore tiene una percepción fulminante: “En el mundo de la televisión, el masivo flujo de información es en su gran mayoría de una sola vía (…). Los individuos reciben pero no envían. Una ciudadanía ‘bien informada’ está en peligro de convertirse en ‘bien entretenida’ ”.
La única superpotencia global se encuentra seriamente amenazada, pero sus habitantes no lo entienden a cabalidad. Y eso es una desgracia para el resto del mundo.