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Los huecos del centro

04 de abril de 2010 - 06:00 p. m.

Huele a Frente Nacional. A rancio: la coalición de gobierno es mayoría en el Congreso y busca, en las elecciones presidenciales, imponer de nuevo su hegemonía como en los viejos tiempos.

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Juan Manuel Santos está impregnado de ese antiguo aroma, es algo hereditario. Quiere retomar el espíritu santista del bipartidismo excluyente, mediante la alianza sin atenuantes con su aliado de siempre,  el partido conservador redivivo, para inventar o tumbar leyes y echar plomo por los siglos de los siglos.

Esos humores que aún impregnan la mentalidad del poder, superviven en una geografía muy distinta a la de hace cuarenta y cinco años. Ahora, a pesar de toda la sangre que ha pasado por debajo de los puentes, hay fenómenos que desafían las anquilosadas convicciones de los intolerantes; que aparecen con fortaleza, no obstante todos estos años de ignominia y de destrucción sistemática de liderazgos a todo lo largo y hondo de nuestro territorio martirizado.

Después de tanto ruido, y algunas nueces, la era de la seguridad democrática es escenario para que tipos como Antanas Mockus, Sergio Fajardo y Gustavo Petro, se conviertan de veras en alternativa seria de poder desde una perspectiva que han dado en llamar “de centro”. ¿Centro? Sí, porque hablar de izquierda (así sea democrática) no es de buenas maneras, cuando la etiqueta y la compostura las ha dictado, durante ocho años, un señor de carácter mercurial que convirtió en axiomas la tradicional munición ideológica de la derecha criolla: con la guerrilla sólo se negocia su desmovilización o un acuerdo humanitario, no hay conflicto armado sino amenaza terrorista, cualquier reforma se hace en el congreso no en claudicantes y estériles diálogos  de paz,  llevados a cabo en zonas despejadas y con facinerosos armados hasta los diente.

A la luz de las encuestas, y de las opiniones callejeras, esas verdades en apariencia incontrastables han calado a fondo, y por eso en el menú ideológico de la campaña presidencial del año 2010 nadie habla de paz, a riesgo de perder “sintonía” con las masas.

Creo que ese es, precisamente,  el gran hueco del “centro”, que queda muy bien expresado en palabras de Claudia Lopez, en su blog de La Silla Vacía: “‘La solución política negociada’ que durante décadas han reclamado las Farc y han promovido de buena fe algunos desde la sociedad civil, ni es viable ni es deseable. Ellos creen que las Farc tienen derecho a negociar el país, su Constitución, su sistema político, económico y social; o que una negociación de esa naturaleza es lo que eliminaría “las condiciones objetivas” que permiten su existencia. Se equivocan. Las Farc no tienen la legitimidad, la fuerza política o armada para pretender una negociación de esa naturaleza y alcance.”

Sin duda, esas ideas, expresadas por una de las más férreas opositoras del actual gobierno, adquieren sentido en un medio ambiente en el que el discurso de la paz ha perdido legitimidad política, pero no vigencia histórica. Mockus, Fajardo y Petro, en función del pragmatismo del presente, evitan cualquier referencia al lenguaje “caguanero”  para no privarse del apoyo del voto de opinión urbano, que quiere más bala al desgaire pero sin tanta corrupción de por medio.

¿Es viable mover al sector indeciso y a los abstencionistas sin hablarles, al mismo tiempo, de reformas sociales, políticas y económicas concretas que pasan, quiérase o no, tarde o temprano, por la gran papa caliente del conflicto armado?

Hay hechos a los que no se les puede dar la espalda: que en el ámbito regional existen  castas políticas, aliadas con el narcotráfico y con los neoparamilitares, enquistadas en la burocracia y dueñas de los dineros públicos; que esos sectores dominantes han impedido, a sangre y fuego, la modernización del país; que esos mismos “líderes” ocupan de nuevo, de manera mayoritaria, las curules del congreso. Y en medio de semejante entramado, construido de injusticias seculares, se mueve una guerrilla golpeada, descompuesta por tantos años de ejercicio de  la violencia, deteriorada en lo moral por los cientos de crímenes que lleva  a sus espaldas. Pero esa misma subversión de medio siglo, se sigue reproduciendo porque el malestar originario está ahí, vivo, por ahora sin remedio.

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Me quedo con Mockus y Fajardo (y tal vez se les una Petro)  porque representan, a pesar de ese gran hueco negro de su discurso, una alternativa a los conceptos y la praxis del uribismo o, mejor, de la  siempreviva enfermedad frentenacionalista. Si logran superar el miedo, y no se dejan intimidar por las encuestas, pueden dar la gran sorpresa del siglo.  

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