En una frase efectista, dice Enrique Peñalosa que la idea es “sumar apoyos sin restar principios”, para explicar su alianza con el partido de la U. Esa es la típica matemática del oportunismo. Porque es todo lo contrario: treparse al tren de la supuesta victoria, con su maquinista en jefe, Álvaro Uribe Vélez, significa taparse la nariz, no mirar a los lados, y seguir derecho hacia el premio mayor.
«No soy inquisidor para lanzar un juicio al Partido de ‘la U’ y a sus seguidores», afirma Peñalosa para descalificar el cuestionamiento ético y político que hace Mockus a los ocho años de régimen uribista. Palabras más, palabras menos, lo mismo dijo el candidato liberal Alfonso López Michelsen, en su frustrada campaña a la presidencia de 1982, cuando acogió con entusiasmo a la podrida maquinaria de su partido (que incluía a Santofimio y sus contactos con los narcos), con la que calculaba que llegaría al poder sin mayores contratiempos. Los verdes están haciendo alianzas diversas en todo el país. Quieren coronar alcaldías y gobernaciones. Ser una maquina electoral eficiente, con sus hierros bien aceitados para, a la vuelta de cuatro años, llegar a la presidencia. Ese es el cálculo. En el camino, como se ha visto en Bogotá, se quitan y se ponen camisetas a discreción. El “no todo vale” y “la vida es sagrada”, frases acuñadas por Antanas, sirvieron para atraer a miles de electores escépticos que veían una rendija de esperanza. Esa sumatoria de ilusiones, liderada por los jóvenes, se convirtió en una ola que amenazaba con barrer al uribismo y a Juan Manuel Santos. No fue así, el candidato presidencial de los verdes fue errático, no proyectó una imagen de estadista, sino de filósofo enredado en sus propias lucubraciones. Severa frustración para Lucho y compañía, que acariciaban la posibilidad de ocupar el “solio de Bolívar” en las primeras de cambio de su recién fundado partido. Ahora, la incontrolable ambición de “ser gobierno”, y no alternativa política seria, ha dividido a los llamados “tres tenores”. El pragmatismo cerril ha triunfado. Perfecto: hay una organización más que salta a la palestra, como lo fue el variopinto Movimiento Nacional de Belisario, o el de Salvación Nacional, de Alvaro Gómez. Cascarones que, bajo la premisa de sumar y no restar, estaban armados de frágiles coaliciones suprapartidistas de talante conservador. A Betancur le sirvió para llegar a la Casa de Nariño, a Gómez para ser uno de los presidentes de la Asamblea Constituyente de 1991. Después, nada: esos eran aparatos electorales que se diluyeron en la historia colombiana de siglas y proyectos de corta vida. ¿Podrá la dirigencia verde moverle de nuevo la aguja al voto de opinión, y a sus “bases”, después del espectáculo dado en las últimas semanas? La franja independiente es voluble, hipersensible y apasionada. Reacciona al vaivén de gestos, símbolos y pirotecnia verbal. No hay certeza de que le pueda pasar una cuenta de cobro sustancial a los verdes. Es tan grande el desespero con una ciudad que volvió a perder su rumbo, sitiada por la corrupción y la incompetencia, que Peñalosa y sus amigos pueden caer parados: es mejor elegir al que ya tuvo experiencia, que meterse en una nueva aventura. Además, si no se les abre Uribe por el camino, tendrán la manzanilla a su disposición. Y de golpe la ayudita de Santos, que nunca sobra. Lo que sí es claro es que los camaradas verdes no transformarán nada, ya no harán historia; si llegan a regir los destinos de la capital, tendrán comprometida hasta la camisa. Serán un partido más, de centro derecha. Aunque para ver las cosas de manera positiva, de pronto la gracia de los verdes será haberle aportado un nuevo nombre al partido conservador.