MIAMI.- A los pocos días de llegar a este país, en julio del año 2000, leí la noticia, en los precarios sitios web de ese entonces, que se habían roto las tortuosas negociaciones de paz entre las FARC y el gobierno de Andrés Pastrana.
Desde entonces, mucha sangre y agua han pasado bajo los puentes y aquí, en la meca del más rancio anticomunismo latinoamericano, la realidad colombiana se mira con el prisma maniqueo de la conspiración castrista.
Álvaro Uribe es un héroe para la comunidad hispana del sur de la Florida. Sus admiradores – cubanos, venezolanos y, por supuesto, colombianos – se han quedado con la imagen del hombre que acabó con la amenaza de un nuevo Fidel o Chávez en Colombia; el líder indiscutible que, con su puño de hierro a discreción, sin las debilidades de su antecesor, demostró que a esta caterva de populistas (o terroristas) la mejor manera de mantenerlos a raya es a bala limpia. Sin contemplaciones.
No importaba que Uribe hubiera tenido los mismos tics autoritarios de su supuesto némesis, el mesías de Barinas, el paracaidista providencial, el teniente coronel que decidía por sí y ante sí expropiar una empresa o enviar tropas a la frontera, de un plumazo. En realidad el asunto no era que el gobernante colombiano fuera un populista, un autoritario o un corrupto. La diferencia básica era que el uno era un mestizo populista de izquierda, y el otro un blanco populista de extrema derecha, que no atentaba contra la propiedad privada ni hacía la promesa de llevar su país al “comunismo”.
Porque aquí, en Miami, así digan lo contrario, tienen un ojo complaciente para el atrabiliario que defiende la economía de mercado, y una mirada implacable para ese mismo atrabiliario que busca instaurar el “socialismo”, cualquier cosa que eso signifique. Y cae en la hoguera si tiene tratos, o palabras amistosas, con el barbudo legendario de la Sierra Maestra. Ahí, por lo tanto, está el pecado original.
El odio por Fidel es directamente proporcional a los poderes absurdos que se le adjudican. Él y su hermano, para esa visión maniquea, han sido el cerebro, la inspiración, la táctica y la estrategia, de la revolución chavista. A su vez, la mano de La Habana –para esa misma concepción chata de la realidad- ayudó, entrenó y financió a la guerrilla de las FARC y, ahora, esa misma mano busca intervenir en el proceso de paz. Incluso aquí afirman, sin que se les mueva un músculo a sus autores, que los “narcoterroristas” negocian por dos razones: porque ya no les queda más alternativa, en vista de la debacle chavista y las negociaciones del castrismo con los Estados Unidos y porque Santos, con la ayuda de sus “nuevos mejores amigos”, quiere instaurar en Colombia el castrochasvismo. Los argumentos no tienen lógica, pero eso es lo de menos.
Son, en suma, una payasada. Pero en el sur de la Florida, periodistas e intelectuales, forjados al calor del resentimiento hacia los Castro y la dictadura que instauraron, se han inventado un raro universo, repleto de fantasías políticas, alimentado por prejuicios ideológicos más que por hechos verificables, reproducido sin parar, día y noche, por los medios locales, que dan más cabida a la propaganda que al análisis, cuando se trata de informar sobre los complejos procesos políticos que convulsionan a América Latina.
Por eso aquí no entienden muy bien lo que está pasando con los diálogos en La Habana entre el gobierno colombiano y las FARC. Se han quedado estancados en la versión, de consumo externo, debidamente aceitada por el uribismo y multiplicada con entusiasmo sobre todo por medios radiales del sur de la Florida, de que Colombia está a punto de sucumbir al influjo del castrochavismo. Aunque ahora, con la victoria de la oposición en Venezuela y las nuevas realidades de la relación entre Cuba y Estados Unidos, ya no es muy claro cómo harán para sustentar toda esa fanfarria de la época de la guerra fría.
Lo único claro es que si la guerrilla y el gobierno de Juan Manuel Santos logran coronar, es un nuevo ingrediente de esperanza para América Latina. Y si el pueblo refrenda en las urnas lo acordado, no habrá cómo argumentar que la paz se hizo a espaldas de la sociedad civil. El reto está en que, como en El Salvador, la guerrilla pueda llegar a la presidencia (ya, en el caso de la insurgencia del M-19, ha tenido el poder local) y dirigir los destinos del país. Que se convierta en una fuerza democrática que disputa el poder, sin paramilitares al acecho, sin que asesinen a sus dirigentes, con las ideas de siempre, pero sin las armas. Eso no lo ven los halcones de Miami, aves de corto vuelo, pero sobre todo, cortos de entendederas.