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Se cae el otro muro

26 de septiembre de 2008 - 09:01 p. m.

YA ES UNA VERDAD REVELADA: DON Ronald Reagan fue el sepulturero de la URSS y, de paso, del llamado bloque socialista. Así lo afirman los arúspices del omnipresente y omnisapiente mercado. Pero lo que en estos días estamos viendo es que el legendario vaquero de utilería, convertido por fuera de la pantalla en presidente de la gran superpotencia capitalista, es también, a la distancia, el enterrador del otro muro: el de Wall Street.

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La convención republicana, celebrada los primeros días de septiembre, fue un triste sainete: las vacas sagradas del partido reafirmaron el credo de Reagan de menos gobierno, menos regulaciones y más vía libre a la iniciativa privada. Las nostálgicas imágenes de Ronny recorrieron el recinto donde se celebró la reunión partidista, en Saint Paul, Minnesota. La muchedumbre y sus líderes parecían vivir en un raro planeta sin desempleo, sin recesión, sin crisis hipotecaria. La colectividad del presidente George W. Bush, el día en que ungió a John McCain como su candidato oficial, hizo todo lo posible por tapar el sol con las manos: desconocer sin pudor alguno que su religión de capitalismo salvaje, como la del estatismo soviético, estaba a punto de derrumbarse por la misma fuerza de los acontecimientos.

Los más conservadores afirman que el plan de rescate de 700 mil millones de dólares es un atentado contra las sacrosantas leyes del mercado, la absurda instauración del socialismo patrocinado por el decrépito Tío Sam, que ahora le dio por echarles el guante a los bancos y a las gigantes aseguradoras. Hay una seria división entre los partidos: los demócratas no quieren premiar a los tiburones de Wall Street a expensas de los vapuleados contribuyentes, mientras los republicanos no aceptan, desde ningún punto de vista, que el Estado se haga cargo de unos activos podridos para salvar, en general, al sistema financiero. Les parece una intromisión indebida.

Que al mismo presidente que ha predicado las virtudes de la mano invisible y  exaltado la sabiduría de los consumidores, ahora le toque defender la intervención (al estilo de cualquier “populista” suramericano) para evitar el colapso es una de esas grandes paradojas de la historia. El capitalismo norteamericano, tal como lo conocemos, pende de un hilo y no por una violenta insurrección popular, sino por algo más humano: por la corrupción exacerbada y la incompetencia profunda de unos tiburones que terminaron por clavarse, ellos mismos, el puñal.

La otra paradoja es que sea la plata de la gente la que se ponga probablemente al servicio de una causa que no es justa, ni noble, pero a largo plazo necesaria para evitar  el derrumbe total de la economía de mercado. Hay rabia en la calle, en “main street”: ira de los casi cincuenta millones de ciudadanos que no tienen cobertura médica; de los cerca de diez millones de personas que están sin empleo; de las más de doscientas mil familias que han perdido sus casa. Hay desconcierto ante el hecho concreto de que, a fin de cuentas, las prioridades están al revés. Primero, inyectarle miles de millones de dólares a la empantanada guerra en Irak; después, lanzarles un salvavidas a los peces gordos, pero cuando se trata de la educación pública o de la salud, los recortes son impresionantes.  Sorry, se acabó la plata.

Muchos temen que la clase dirigente estadounidense no esté dando la talla ante los graves retos del momento. Los republicanos no caben de la dicha porque se levantaron a una hábil pero analfabeta candidata a la vicepresidencia, mientras que los demócratas no van más allá de darle palo a Bush y proponer generalidades. Esta cercanía al abismo los ha dejado a todos sin argumentos; ni el más delirante se imaginó que esta vez Wall Street fuera devastado por un huracán de categoría cinco. No hay liderazgos creíbles, ni mentes lúcidas, para una coyuntura tan peligrosa y dramática como la que vive Estados Unidos. Tal vez ahí, en esa larga y sistemática orfandad de ideas e ideales, esté la raíz de todo este desmadre. No siempre poderoso don dinero manda.

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