MIAMI.- “Celebrar”, “conmemorar”, fueron los verbos escogidos para calificar estos cuatro días de ferias y fiestas en Washington D.C por los quince años del Plan Colombia. La foto lo dijo todo: Santos y Obama se dan la mano y exhiben una sonrisa franca, de “misión cumplida”, de “amigos hasta el final”.
La diplomacia estadounidense ha señalado que esta asistencia de diez mil millones de dólares durante tres lustros ha sido uno de los grandes éxitos de la política internacional de Estados Unidos en la región. Y Colombia, sin pelos en la lengua, con gran orgullo, desde la tribuna que el Tio Sam preparó para la ocasión, también habló del impacto positivo de esa estrategia antidrogas y contrainsurgente. Si no hubiera sido por la ayuda “desinteresada” de este país, no habría hoy un proceso de paz con las FARC y con seguridad esa guerrilla “envalentonada” (como la describió Pastrana en entrevista para este periódico) del año 2000 habría seguido su camino de derrota definitiva de unas Fuerzas Armadas sin recursos.
¿Por qué toda esta fanfarria si de lo que se trataba, en realidad, era de buscar billete para una nueva etapa que ahora se llamará Paz Colombia, que mantiene su objetivo de lucha antidrogas pero bajo un posible nuevo escenario en el que ya no existirían las urgencias del plomo ventiado contra los “terroristas”? Fue un truco publicitario de mutua conveniencia, por supuesto.
Washington necesitaba mostrar con todas sus galas a uno de sus mejores y más dóciles amigos de la región –un “aliado incondicional”- para destacar cómo ese pobre país de hace quince años, sitiado por la violencia en todos sus costados, con una economía en ruinas, pudo convertirse en una de las democracias de mostrar en la región, un muro de contención contra las aventuras revolucionarias y populistas de Venezuela, Ecuador, Bolivia o Argentina.
Por lo tanto, el legado de Obama, en América Latina, además de meter las manos al fuego por la consolidación de un acuerdo de paz con la guerrilla más antigua del continente, es el de desmontar también la política fracasada de Estados Unidos hacia Cuba, país donde, precisamente, se han desarrollado los diálogos y negociaciones para desactivar uno de los factores de mayor perturbación en la región: el conflicto armado en una nación estratégica.
En medio del Plan Colombia siguió la complicidad de las Fuerzas Armadas con los paramilitares. Se dieron los llamados falsos positivos que buscaban inflar las cifras de “bajas “de la guerrilla. Hubo impunidad galopante y la violación de derechos humanos estuvo a la orden del día. Siguió la ausencia de Estado en varias regiones tomadas por la combinación de fuegos de subversión, paramilitares (transmutadas en las bacrim) y narcotráfico.
Y a pesar del desastre monumental, sigue en el Paz Colombia la obsesión gringa de mantener su influencia geopolítica a través de la guerra contra las drogas. Ese es el aguafiestas, el patán del sarao montado en la Casa Blanca. Pero hay más: una derrota de los demócratas en las próximas elecciones presidenciales significaría la llegada de un halcón al poder poco interesado en darle millones de dólares a una dudosa paz negociada en los salones de la dictadura castrista a la que, también, habría que volver a tratar con puño de hierro.
No estuvo malo el ágape, pero como en toda rumba de postín que se respete, lo que queda al otro día es un guayabo terrible, con dolor de cabeza incluido. En otras palabras: las posibles adversidades del llamado posconflicto, financiadas de nuevo por los dólares del “coloso del Norte”.