En marzo que pasó, el agrónomo Octavio Cruz escribió a la sección “Cartas de los lectores”.
“Desde el otrora hermoso valle del río Cauca, les describo la visión de lo que veo: un extenso y fértil territorio convertido en el monocultivo de la caña, condenando con ello, quién sabe por cuántos años más, a los mejores suelos de Colombia a ser lavados permanentemente con aguas de riego contaminadas, cuando no son sometidos a quemas” decía la carta, que El Espectador publicó sin bombo. Y concluía: “con este manejo se está destruyendo poco a poco la capa superficial de los suelos, convirtiendo a los pocos ríos que aún existen en meros canales de riego”.
Dos días después, el mismo periódico publicó una réplica firmada por Luis Fernando Londoño, presidente de Asocaña. “El sector azucarero lidera desde el año 2009 el Fondo Agua por la Vida y la Sostenibilidad, considerado el programa de conservación y restauración de cuencas hidrográficas más importante del país”, afirmó Londoño. Añadió que, gracias al Fondo, se contribuye al abastecimiento de agua “de más de 3,5 millones de personas”.
El episodio es ejemplo de la estrategia consolidada por los ingenios: responder con presteza ante la crítica más menuda y nunca reconocer equivocación alguna. La coreografía de reacción y blindaje de los ingenios, que no ha tambaleado ni en momentos de agitación sindical, tiene distintos protagonistas, en nómina de especialistas dentro y fuera del Estado. Hoy pasa por un momento tenso, en medio de una pelea con el sector de las bebidas y alimentos azucarados. El de las gaseosas y galguerías no es cualquier gremio y cuenta con apoyo de medios y políticos que hacen eco a su denuncia: como los vendedores de pañales, los azucareros se cartelizaron para mantener los precios.
Por entre las grietas que se le abren al blindaje azucarero de siempre hay espacio para reflexiones paralelas (y quizá más urgentes) que la del cartel. Pues los ingenios no sólo han controlado los precios sino también los ritmos de la gente. Se han acumulado en los años las huelgas de corteros, las evidencias sobre malas condiciones de trabajo (incumplimiento en las prestaciones, contratación por intermediarios, complicaciones cotidianas de salud) y la evidencia sobre creciente mecanización de la recolección de caña. Así, fueron los trabajadores los primeros en preocuparse ante el establecimiento de multas al sector. Pues con este trasfondo laboral es de esperar que ante cualquier tropiezo se “reduzcan costos” a expensas suyas.
Y volviendo al agrónomo Cruz y el presidente Londoño, cabe recordar que el sector azucarero controla también el agua. Cruz dice que los ingenios dañan los “recursos hídricos”. Londoño dice que los están salvando. Ambos tienen razón. Son compatibles porque los ríos no son puntos ni líneas, sino cuerpos vivos que nacen en un sitio y se derraman sobre muchos otros. Sí, el mentado Fondo de los azucareros se concentra en la restauración de cuencas y la protección de nacimientos de ríos. Sin embargo, aguas abajo, estos son convertidos en canales de riego (sobreutilizados, expuestos a agroquímicos, mezclados con aguas contaminadas).
El mecanismo es simple como un círculo: se invierten millones arriba en los nacimientos, para que unas comunidades cuiden el agua que las plantaciones van a utilizar en el valle. No es cierto que los principales beneficiarios sean los ciudadanos. De acuerdo con información de la CVC sobre el Nima, la mayor presión sobre este río la ejerce el sector cañicultor que representa el 56% de la demanda total de agua. Los Planes no son caridad ni altruismo sino inversión en los ríos del Valle como canales de riego de caña.