Gran polémica suscitó en días pasados la oposición de la iglesia a una exposición de arte en Bogotá.
Se habló del grandísimo poder que ostenta la institución y se afirmó que el catolicismo, con su influencia, sus cruces y sus símbolos dorados, mancilla al Estado laico.
Esto, sin embargo, es impreciso. El episodio de censura es testimonio del poder de la iglesia sobre un edificio y unas reliquias, o sobre ciertos círculos y élites, en ciertas ciudades. Pero en general (y si se mira con un foco más amplio y descentralizado) la religión católica, apostólica, romana, no es la de la nación. Somos, en cambio y entrado 2014, un país cristiano.
Cristiano, en el sentido que se le da al término popularmente: para referirse a aquellos que han decidido convertirse a alguno de los movimientos dentro del protestantismo o el cristianismo heterodoxo. Creyentes de la Misión Carismática Internacional, el Centro Misionero Bethesda, el Avivamiento para las Naciones, la Casa Sobre la Roca o el Manantial de Vida Eterna. Testigos de Jehová, Adventistas del Séptimo Día, practicantes de la Oración Fuerte al Espíritu Santo.
Pese a que toma muchas páginas de cualquier directorio telefónico, no es mucho lo que sabemos del cristianismo como fenómeno nacional reciente. Sabemos, por ejemplo, que no se trata de una religión rural, sino urbana. De una tendencia concentrada en algunos barrios dentro de clases populares y medias. Que muchas veces acompaña la movilidad social. Falcao es cristiano. James Rodríguez, Teófilo Gutiérrez y Jackson Martínez, también. La expresión “bendiciones”, utilizada por algunos creyentes para despedirse, se pone de moda, se emplea con orgullo y se usa con insistencia en la calle, por teléfono, correo electrónico y mensaje de texto.
Aunque gran parte de los movimientos tienen un brazo político y aseguran buenas votaciones, no se trata tampoco de una filiación exclusivamente electoral. Hay políticos que apelan a principios de las colectividades de manera estratégica en la búsqueda de unos réditos. Hay también pastores que buscan ganancias económicas a través de la política. Y hay corrupción, robo y constreñimiento al elector. Pero estos no son exclusivos de los movimientos cristianos (que, entre otras cosas, fueron de los pocos que no se aliaron con paras).
Sabemos, por último, que los movimientos y sus representantes en esferas políticas promueven valores de exclusión, homofóbicos y machistas. Sin embargo, es mucho lo que desconocemos. Salvo por algunos informes de noticieros bogotanos y listados de personerías jurídicas, no existe balance nacional alguno sobre el cristianismo como acción colectiva. Como promotor de prácticas y protocolos de autocuidado o solidaridad, en el contexto de un país minero y coquero. Del cristianismo que creció y se multiplicó durante las décadas más difíciles del conflicto armado. Que se consolidó en el ambiente de satanización y persecución de la arremetida paramilitar y de la era Uribe contra asociaciones comunitarias, sindicatos y juntas de acción comunal.