Esta semana Alejandro Dussán, de 24 años, murió atropellado por un vehículo que andaba rápido y no lo vio mientras trabajaba en la construcción de la III Fase de Transmilenio. Hace poco más de un mes otros dos obreros fueron arrollados por un conductor que iba ebrio y tampoco los notó. Ubicaban la señalización correspondiente para informar que se adelantarían trabajos en la vía.
En la ciudad de las obras, los obreros de construcción se camuflan entre la maquinaria, la tierra y los plásticos aguamarina. Son parte del paisaje. Se mimetizan. Los borrachos no los ven. Tampoco los conductores acelerados. En algunas ocasiones, ni siquiera los ciudadanos más atentos logran esquivarlos.
A estos trabajadores nadie les preguntó su opinión acerca de la “iliquidez” de los Nule y lo que ésta les representó. Tampoco fueron consultados por el significado de la frase “es una carrera contra el tiempo”, con la que el Distrito describió el trabajo en la 26 durante los días previos al Mundial de Fútbol juvenil. Pese al abultado número de escándalos de corrupción, poco se les ha visto en las salas de redacción. No califican para fuente periodística.
Es más, el 22% de los obreros de construcción reciben ingresos inferiores al salario mínimo. De un tiempo para acá, la modalidad de contratación más popular en estos proyectos es la utilización de contratistas independientes (que a su vez subcontratan, si se puede, en peores condiciones). No existen, entonces, en las estadísticas oficiales. El Estado no los ve y también los atropella.
Un reciente estudio en salud ocupacional señala que el 34% de los trabajadores de construcción están perdiendo la audición. Según el Sena y Camacol, la mayoría pertenecen a los estratos 1 y 2, y un 77% no terminó el bachillerato. Se sabe, además, que al año aproximadamente mil mueren en accidentes.
En fin, no hace falta mencionar que un obrero de construcción nunca llegará a la portada de un libro de Villegas Editores.