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Descentralización, embustes y elecciones

28 de mayo de 2014 - 11:23 p. m.

Municipios, departamentos, regiones, capitales. Las elecciones presidenciales estuvieron (y seguirán) atravesadas por distintos tipos de tensiones relacionadas con la descentralización.

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Una de estas tuvo que ver con la votación santista en los departamentos costeños del norte. Si bien el presidente ganó allí, la participación electoral no fue la esperada. Un millón de personas más fueron a votar en las elecciones parlamentarias. Algunos analistas han señalado que el descenso en la participación puede ser consecuencia de desplantes santistas a grandes electores, como los senadores cordobeses Bernardo Elías y Musa Besaile. Como se recordará, tras las parlamentarias decenas de noticias criticaron las alianzas entre estos políticos y el presidente y abundaron titulares indignados con la “mermelada”, “los ñoños” y “la maquinaria”. Así, incluso en actos de campaña organizados por los propios senadores, Santos guardó distancia y se cuidó de compartir abrazo o micrófono.

Estos desencuentros son expresión de las tensiones ya tradicionales entre lo que Francisco Gutiérrez ha llamado “política presentable y representable”, una política que se declara limpia, alabada desde los distintos medios, y otra que agrega votos en elecciones nacionales. Quizá por ceder ante la presión o avergonzarse, Santos perdió votos —crecieron en estos departamentos la abstención y el voto en blanco. En cualquier caso, el episodio nos recuerda la complejidad de este tipo de quehacer electoral pues, pese a lo estigmatizado que se encuentra el voto costeño, éste no es homogéneo ni cien por ciento predecible: algo va de un senador a otro, del clientelismo clásico a la parapolítica. Y la indignación acelerada lleva finalmente a situaciones ridículas: quienes denuncian a gritos la existencia de la “mermelada” (cambio de votos y adhesiones por partidas y contratos) son los mismos que en otras regiones hacen política con baquianos del clientelismo como Ciro Ramírez o Luis A. Gil.

Una segunda tensión se derivó de la reciente reforma para la redistribución de las regalías. El recorte en las millonarias sumas recibidas anualmente por decenas de municipios afectó las relaciones del presidente con mandatarios en el nivel municipal y departamental, y según consignó la prensa local generó sentimientos de antisantismo entre las élites políticas de Arauca, Casanare, Meta y Huila.

Una última tensión es la que se explota en el discurso de la plana mayor del uribismo. Políticos regionales, ante todo reaccionarios y con cierto parecido a los barones turbayistas de antaño, reivindican el ascenso social —“con trabajo y berraquera”— y la provincia frente a una Bogotá frívola que no los entiende. Promueven el fin del centralismo y la participación de las regiones —“continuamos con una gestión centralista y ausente o vamos a cambiar por un gobierno cercano a la gente”. Prometen descentralización y apertura para la “provincia”. Esta, sin embargo, es una apertura para algunos (¿que ya están adentro?) y sospecha de la movilización social, los cambios en la guerra contra las drogas, las organizaciones campesinas, obreras, indígenas, de reivindicación de la diversidad sexual, estudiantiles, los sindicatos, la gente que “no está recogiendo café”. Y así.

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