Veinte años han pasado desde la muerte del vocalista del Binomio de Oro, Rafael Orozco Maestre.
Su asesinato, mientras departía con sus dos utileros en la terraza de su casa, suscitó todo tipo de reacciones e hipótesis.
Desde una emisora se dijo que Diomedes Díaz podía ser uno de los sospechosos y un diario de Barranquilla recibió un comunicado en el que las Farc lamentaban el hecho. En Bogotá, un testigo relató que el crimen fue ordenado por el cartel de la Costa, pues el cantante, en contubernio con los utileros y sus acordeones, habría ingresado dólares al país (que nunca habría entregado). En 1994 un juzgado de Barranquilla afirmó que la muerte del ídolo obedeció a “móviles pasionales”, ya que Orozco sostenía una relación con “una joven hermosa, trigueña, de cabellos largos, quien habría sido pretendida por el narcotraficante José Fiallo”. La sentencia responsabiliza a Fiallo y a su guardaespaldas Tato. Los padres y el hermano de Fiallo también eran traficantes de cocaína y se encontraban presos en Estados Unidos. Contra Fiallo y Tato no procedió acción penal, pues fueron ultimados en noviembre de 1992 en las afueras del restaurante Casa Vieja, en Medellín. A su vez, los dos utileros que acompañaban a Orozco la noche de su muerte fueron reportados como desaparecidos en 1993.
Pese a no estar en el centro del debate político, este intrincado caso dice bastante de las décadas recientes. En días en que hablamos del narcotráfico como mal absoluto, no está de más señalar cómo en esta historia las valoraciones morales pierden peso y sentido, pues todos, a primera vista, tienen algo de ‘narco’ y algo de víctimas. De víctimas del narcotráfico que son traficantes o se acostaron con traficantes y fueron asesinados, también, por traficantes. Acá, y por lo menos hasta que salga una versión para telenovela de la vida de Orozco, no hay ningún “patrón del mal”.