En 2009 el entonces presidente del Perú, Alan García, resumió su posición frente al desarrollo y la consulta previa cuando, en el contexto de un levantamiento indígena en la Amazonía declaró: «Ya está bueno, estas personas no tienen corona, no son ciudadanos de primera clase que puedan decirnos 400 mil nativos a 28 millones de peruanos tu no tienes derecho de venir por aquí, de ninguna manera, eso es un error gravísimo y quien piense de esa manera quiere llevarnos a la irracionalidad y al retroceso primitivo».
En su última edición, la Revista Semana suscribe abiertamente a la “doctrina García” describiendo la consulta previa como “El verdadero palo en la rueda del desarrollo del país”, “El lío”, “La papa caliente” y “El obstáculo”. De acuerdo con la publicación, este “requisito” nos esta reteniendo y de no ser por esta formalidad estaríamos disparados por la autopista sin retorno del progreso y la civilización.
Afirma Semana que, en el caso de los afro descendientes, se están presentando divisiones entre “su propia gente” y “abusos” de algunos líderes con “exigencias caprichosas” sobre hoteles y opciones de menú en almuerzos. Por su cuenta, entre las comunidades indígenas algunos “vivos” han utilizado la consulta previa “para buscar beneficios del Gobierno”. ¿Pero quién se están creyendo? Parece preguntarse la revista.
Es cierto que, los distintos espacios de discusión y debate, propiciados por las consultas, son “aprovechados” por las comunidades para hacer política. ¿Por qué no? Es evidente que entre estas comunidades (como entre cualquier colectividad) surgen desacuerdos, conflictos, disidencias y que llegar a consensos toma tiempo. Y es obvio que cualquier proceso de concertación entre el estado y las comunidades será, como lo describió el ministro Restrepo, “laberíntico, dispendioso y desgastador”. Que las negociaciones sean tediosas, difíciles y complejas, no las hace menos fundamentales.
Tal vez es hora de que dejemos de referirnos a las consultas previas como eventualidades, requisitos formales que podrían evitarse, chicharrones momentáneos que frenan los vagones de la locomotora.