Circulan por todos lados fotos y videos de grandes edificios en ruinas en Detroit que antes fueron majestuosos o solemnes. Algunos han tenido un éxito particular en países europeos, donde públicos distintos los miran y aprecian una suerte de melancolía, una “belleza” en su decadencia.
Otros que se han vuelto populares son los que retratan la vida en barrios informales en São Paulo o Manila, subrayando los colores, la recursividad en la construcción de viviendas y la alegría (o agresividad) de sus habitantes. El comercio de imágenes de despojos tristes, viviendas de cartón y demás detalles tropical-pintorescos ha sido cuestionado por distintos estudiosos del arte, la ética y el consumo. Desde distintos frentes se ha criticado, por ejemplo, la construcción (en un barrio muy a la moda de Berlín) de un parque de diversiones que, en el verano de 2010, prometió a sus visitantes la experiencia de un “barrio pobre sudafricano”: ropa colgando de falsos cables de luz, desorden, bulla, música, comida “popular” y dibujos de supuestos habitantes negros.
En Colombia no son pocos los ejemplos de experiencias complicadas —de tristeza, y exclusiones— que se venden al por mayor o en un menudeo. Para que tengan un carácter más seductor, se les abrevia como en fábula, arrancándoles complejidad. Una experiencia que vende y ha vendido (aunque asistemáticamente) en el pasado tiene que ver con la paz y la reconciliación.
Baladas de violín mecen la voz de Julio Sánchez Cristo leyendo frases célebres de próceres como Mandela. Se entrelazan imágenes de una paz romántica de perdones, películas, triunfos en fútbol y certezas (este es bueno, este es malo), con propagandas de petróleo, café, arte o turismo.
Algo parecido ocurrió con la edición de lujo de Semana, “Las mejores y más impactantes imágenes del conflicto colombiano”, en donde el hecho de que su formato remita a un libro de mesita de centro en casa acomodada, o de que las fotos en blanco y negro puedan ser descritas como “bonitas”, invita a problemático consumo de las vivencias de los demás: un hojear el libro con comodidad, sin mayores referencias a las historias y emociones específicas de la gente que las vivió.
Y cómo olvidar a la revista Soho, que nos vende, con mucho éxito, distintas experiencias (dolorosas) ajenas.
Se inserta a un escritor o personaje conocido en la cotidianidad de otro y el resultado es una pieza literaria. Desempleado y pobre por seis meses, infiltrado como obrero de construcción, empleada del servicio durante treinta horas… Hace algunos años hubo quien escribió la pieza “¡Experimento!: ¿Qué pasa si uno se echa glifosato en el cuerpo?”. Resultó que el “cuerpo” no era todo, sino sólo un brazo y el “experimento” por 10 días le produjo “dermatitis”. Nada sobre las distintas poblaciones, la incertidumbre cotidiana del que teme que le esté haciendo daño el aire, el agua. Del que teme que algo esté enfermando a la gente que quiere. A sus hijos. A sus animales. A sus plantas. Del que se sabe maltratado por un enemigo muy superior y tiene rabia. “Es una reacción que pasará pronto, aunque las fumigaciones sobre los campos de Colombia sigan”, concluyó el cronista, tras el ejercicio cool e irrespetuoso de “ponerse en los zapatos de”.