Marta, que vivía con su esposo, suegros y cuñados en las playas del río Chucurí, me cuenta cómo el proyecto de Hidrosogamoso significó no solo una mudanza forzada, sino también la separación de la familia. Ella, como otras, empezó a involucrarse en el movimiento social de defensa de los ríos cuando la vida que conocía se convirtió en otra cundida de incertidumbres. Blanca, por su parte, era la presidenta de la Junta de Acción Comunal de una vereda en un puerto pesquero a la orillita del río Sogamoso, cuando vio cómo la lucha por el acceso a vivienda digna, en que había invertido su juventud, perdía toda relevancia con la llegada de Isagén a la región. “Nosotros no íbamos a ninguna empresa, nadie iba a ninguna empresa”, dice Blanca, que desde el principio sospechó de las bondades prometidas por el proyecto, pues no quería perder la independencia que significaba vivir de la pesca.
La represa llegó a Santander en un momento en que las heridas de un conflicto en curso se extendían a través de los municipios de la cuenca. En Betulia, San Vicente de Chucurí, Zapatoca, Girón, Sabana de Torres y Barrancabermeja, las comunidades se dividieron en la medida en que biólogos, ambientalistas, comunicadores, antropólogos y trabajadores sociales contratados por la empresa prometían puestos de trabajo, volquetas, reubicaciones y días mejores. Quienes resistían a las promesas sufrieron persecuciones. Lucho Arango, Herbert Cárdenas, Marco Salamanca y Honorio Llorente fueron asesinados. Miguel Ángel Pavón sigue desaparecido. En 2015, Juan Manuel Santos inauguró la represa y el movimiento se embarcó en una caminata, desde el municipio de La Playa hasta la Gobernación de Santander, en Bucaramanga, en donde hombres y mujeres amanecieron 177 noches. “Nunca nos prestaron atención a nosotros”, cuenta Blanca.
La exposición itinerante Los ríos Sogamoso y Chucurí fluyen con la arpillería se forjó en reuniones en que habitantes de la cuenca intentaron hacer una narrativa sobre lo que sucedió. Con aguja, hilo, retazos de tela reciclada y yutes cortados de costales, mujeres pescadoras y cocineras que en su vida habían cosido armaron 19 cuadros para contar sus historias. Los primeros cuadros de la exposición retratan los años 60, con dibujos de morrocoyes y dantas. Aparecen también los bocachicos, comelones, picúas, doradas, peces sapos, bagres, blanquillos, doncellas, mojarras, sangos, vizcaínas y barbudos que se pescaban entonces. Los retablos que siguen nos llevan a otras décadas en que, con la construcción de los rieles del ferrocarril, se conectó la zona, abundó el trabajo y, mientras familias campesinas llegaron a las riberas a vivir de la pesca, terratenientes ganaderos llegaron a tumbar el monte.
Más adelante, la exposición introduce fuegos cruzados, toques de queda y masacres. En los cuadros aparecen mujeres pescadoras presenciando el desplazamiento forzado y resistiendo la guerra. Luego vemos cómo el paisaje se desdibuja: dibujos de ingenieros con casco nos cuentan sobre la construcción del puente de la vereda La Cascajera, que dividió al Sogamoso en dos partes. Al final, vemos representaciones de la represa: la inundación que sucedió al taponamiento de túneles en 2011 y el cierre de las compuertas en 2014, que secó temporalmente el río y mató sus peces. En el recuadro final está solamente la represa rodeada por algunos árboles. En medio de este paisaje, un aviso que dice: “Propiedad privada”.