En las últimas semanas se reportaron distintas tensiones entre las directivas del equipo de la Universidad Autónoma de Barranquilla y las del Júnior.
De acuerdo con reglamentaciones de la Dimayor, un equipo que ya está establecido en una plaza debe darle el aval a otro para poder jugar allí. Los directivos de Uniautónoma le pidieron permiso a la familia Char, principal accionista del Júnior. Los Char, en principio, dijeron que no. Tras tres meses de ruegos, quejas y concesiones por parte del nuevo equipo, la familia accedió a compartir el Roberto Meléndez.
Durante la negociación, todos los implicados dieron extensas declaraciones. El comerciante y senador Fuad Char afirmó que el asunto estaba en manos de “los abogados del equipo” y que les prestarían el estadio si cumplían con una serie de compromisos. La alcaldesa Noguera dijo no poder intervenir en “asuntos de privados”. Y el presidente de la Dimayor, Ramón Jesurún, respaldó la medida: “Es una disposición que data de hace más de 40 años, que propende por evitar que personas inescrupulosas, y en este caso no me refiero a Uniautónoma, porque todos sabemos que este es un ente universitario muy serio en Barranquilla, pudieran en un momento determinado armar un equipo y poder decidir jugar en cualquier ciudad”.
Pero el que más habló fue Ramsés Vargas, rector de la Autónoma, quien denunció varias veces el maltrato de la administración distrital (“lo que me preocupa de todo esto es la pasividad de la administración distrital, pareciera que la Alcaldía está privatizada”). Vargas se defendió con vehemencia, haciendo énfasis en la procedencia académica e impoluta del equipo: “Hemos recibido una actitud humillante de parte del señor Fuad Char, que no es contra el equipo universitario sino contra la academia… No nos vamos a arrodillar ante el poderoso, no tenemos por qué hacerlo, nuestras armas no son el poderío económico ni político, nuestras armas son el conocimiento”.
Con el propósito de hacer valer sus intereses, todos incurrieron en imprecisiones. Ni los Char son los más indicados para decidir sobre qué es ético en Barranquilla, ni la administración de Noguera (o la pasada de Char jr.) son las más indicadas para hablar de delimitaciones entre lo “público” y lo “privado”. En lo que respecta a Jesurún, habría que recordar que las personas “inescrupulosas” han estado detrás de muchísimos equipos de fútbol tradicionales, luego se trata de una medida para regular a los nuevos. Y pese a las ensoñaciones del rector, el equipo de la Autónoma no nació necesariamente entre los laureles del conocimiento, sino por iniciativa de su predecesora, Silvia Gette. Gette, hoy investigada por asesinato, habría fundado el equipo en 2012, después de varios años de alianzas comerciales con el bloque Norte, especulación en bienes raíces y malos manejos administrativos del muy rentable plantel.
La historia de este equipo no es particularmente inesperada o extraña. Ni debería provocar ninguna rasgadura de las vestiduras. La transformación de nuestros deportes y equipos refleja los cambios en la estructura productiva nacional. Como lo ha explicado Francisco Gutiérrez, el narcotráfico, la minería y la guerra (pasamos de ser un país cafetero a uno minero y coquero) cambiaron el mapa del país, activando económica y políticamente ciertas ciudades y sectores de la sociedad. Así, el baile de los que suben y bajan de la B, desde la Alianza Petrolera hasta el Cúcuta Deportivo, da cuenta de las nuevas geografías, actividades, lealtades, hinchadas y canchas. En el caso de Uniautónoma, además, no fueron sólo la guerra o el narco los que llevaron al florecimiento comercial de Gette (y posterior creación del equipo), sino la existencia de una clase media más grande, dispuesta a pagar y endeudarse para mandar a sus hijos a la universidad.