Corría el año 1995 y la prensa anunciaba el final de una época. “Adiós a los grandes capos”, se leía en los titulares.
“Tras la extradición de Carlos Lehder, la muerte de Gonzalo Rodríguez Gacha, Pablo Escobar y Gustavo de Jesús Gaviria, la detención de Gilberto Rodríguez y la entrega de Henry Loaiza, parece cerrarse un primer ciclo histórico”, decían las noticias.
Los capos, el narcotráfico, el cartel, el bajo mundo, el poder… En un campo semántico masculino, nadie recuerda que en el comienzo hubo una mujer. Nacida en Cartagena, criada en Medellín y célebre en Queens, Griselda Blanco creó rutas internacionales para el envío de cocaína, manejó circuitos de distribución e institucionalizó formas de “mediación” con la ley y la competencia. Según afirman algunos, fue ella quien introdujo a Pablo Escobar en el tráfico de drogas. Tras décadas de proveerles coca a las ciudades de Nueva York y Miami, Griselda envejeció en una cárcel americana y regresó a Colombia en 2004.
Pese a que su leyenda ha despertado el morbo de los estadounidenses, e incluso una popular cantante de rap utiliza el nombre de la colombiana, en nuestro país pocos saben quién es. Su nombre raramente figura en los archivos de la prensa local y aunque su vida ha inspirado pésimos reportajes, escritos por sus fantasiosos colegas de la DEA o por periodistas gringos sensacionalistas, seguimos sin conocerla.
No es mi intención hacer una apología de los delitos de la “Reina de la Cocaína”. Lo que quisiera es aprovechar que hoy, 8 de marzo, estamos llamados a recordar lo difícil que ha sido para las mujeres cambiar las reglas, para preguntarme por su versión de los hechos. Al sacar a Griselda de la Historia, al no mencionar su rol central en los inicios del narcotráfico, se simplifica el papel —no sólo cómo víctimas, esposas o muñecas— que las colombianas han jugado en la cronología del aprendizaje criminal nacional.