“Voz mujer: ¿aló?… ¿aló?”. “Voz hombre: Sí, quiubo, ¿cómo le ha ido? ¿Cuénteme?”. “V.M.: Quiubo, mi rey”. “V.H.: Nada, reina. ¿Cómo le ha ido?”. “V.M.: ¿Usté por qué me tiene a mí tan abandonada?”. “V.H.: Mamita, ahorita precisamente iba a meter la tarjeta para llamarla”. (…) “V.M.: ¿Oíste? Una cosita, mi amor, que necesito. Que… eh… te acuerdas la marquetería que hay frente a la oficina que es de la mujer de la hormiga”. “V.H.: Ajá”. “V.M.: La están filmando, mi vida”. “V.H.: Ah, bueno, listo”. “V.M.: Listo, entonces ojo con la gente que entra ahí”.
Habla por celular Magally Moreno, funcionaria de la Fiscalía en Cúcuta, con alias Enrique, jefe del paramilitarismo de Cúcuta. En la conversación, interceptada en septiembre de 2003, Moreno, representante del Estado, le cuenta al paramilitar que otra agencia del mismo Estado lo está espiando. Entre tanto, en otra oficina estatal la están “chuzando” a ella.
Esta situación de triple espionaje no es coincidencia y se presenta cada que un Gobierno auspicia campañas de infiltración masiva. Durante la administración Uribe Vélez, agencias oficiales montaron numerosas oficinas de escucha, muchas veces en contubernio con (o por encargo de) ejércitos privados. Así, es costumbre que en situaciones de espionaje estatal indiscriminado, otros actores entren a la actividad y se escuchen unos a otros. A finales del 50, por ejemplo, el Departamento de Investigación (una suerte de DAS) descubrió, mientras espiaba a la Dirección Liberal (el enemigo de entonces), que ésta interceptaba a través de antenas las conversaciones de detectives de la Policía.
Saber (a escondidas) lo que hacen o piensan los otros es un proceso dispendioso que abarca distintas etapas, emplea diferentes oficios y es, en todos los casos, costoso. Está primero la intervención o “chuzada” del teléfono y correo electrónico o la introducción de cámaras en edificios o calles. Estas actividades requieren mano de obra calificada, ingenieros, técnicos, virtuosos autodidactas. Una segunda etapa implica la recopilación de la información: el acto mismo de oír, leer, ver. Ésta requiere otro personal, si ya no virtuoso por lo menos paciente, entrenado para perder días conociendo fruslerías de toda clase. “Hay que comprar pan”, “nos vemos a las ocho”, “necesito una cita con el odontólogo Pérez”, transcribe el contratista.
Archivos de Word y Excel, informes con sello, fotocopias. Manos entrenadas pasan por las transcripciones. A la información se le interpreta, se le adicionan intenciones, detalles. Los chismes se mueven, se filtran, se usan para desprestigiar, ganar elecciones, realizar asesinatos (como en el caso DAS). Aparte del personal entrenado, hay un aprendizaje, un “saber hacer” que se consigna en protocolos. Y quedan, finalmente, unos objetos. Programas, computadores, teléfonos y cámaras especiales, máquinas y maquinitas que se importan o se inventan. Se trata de procesos relativamente complejos en los que el Estado ha sido pionero y financiador. En momentos en que, por cualquier motivo, un gobierno limita las “chuzadas”, una cantidad de personal, aparatos y rutinas quedan cesantes. Entonces es cuestión de días para que emerja una red de microempresas en que todo se escucha. Desde los espionajes políticos/empresariales y de farándula, hasta los amorosos (de infidelidad), que nunca faltan.