Largas reuniones siguieron al remezón público por divisiones hondas, violencias acostumbradas y abusos de poder al interior de la Policía Nacional.
El director entrante, general Jorge Hernando Nieto, resumió las metas para recuperar la unidad de la policía y anunció un lema de “humanismo, integralidad, disciplina, innovación y gestión”. Por ese camino, se arrimará la institución al proceso de la Habana y la firma de la paz. Se inaugurará así el “programa de la policía en el posconflicto”, dedicado a la seguridad rural, con miras a colaborar en el proceso de restitución de tierras. El trabajo, dijo el director Nieto, “se orientará no solo a que el ciudadano recupere su propiedad sino a acompañarlo de regreso, brindarle seguridad y asegurarle su capacidad productiva”.
El lema y nuevo programa policial hacen pensar en comienzos y finales claros. En bordes definidos entre ayer y el mañana de tierra pampa. En una policía inexperta ante el fin de los conflictos, acostumbrada a unas rutinas de combate particulares. Nada menos cierto. Los policías, en sus constantes traslados, de región a municipio, de ciudad y de barrio por todo el país, ya han asistido, intervenido y protagonizado otros posconflictos. Fueron ellos los que vieron amanecer las ciudades tras las muertes o capturas de grandes capos, reguladores de la criminalidad urbana. Quizás son ellos quienes mejor conocen sobre las variaciones geográficas del conflicto, tras la desmovilización de Ralito.
Las bandas criminales, con sus dinámicas en regiones metropolitanas, comandadas por antiguos mandos medios paramilitares, han innovado y convidado a las policías del país a hacer parte de su posconflicto. Dentro del baile de ascensos difíciles y tensiones regionales y de clase en la policía, el camino a la movilidad social es tal vez más factible a través del crimen organizado. Microtráfico, extorsión, robo de celulares, atracos callejeros, contrabando: semanalmente grupos de policías avispados son enjuiciados. Esta semana, por ejemplo, fueron apresados grupos de policías en Bogotá (por conformar una banda de robo de gasolina) y Sincelejo (por conformar una banda de atracadores).
La ciudad y sus fronteras son hoy lugares de la desbandada paramilitar. La policía ya estuvo en un posconflicto y a diario participa en él. Es clara esta situación en Barranquilla (con sus hermanas pobres Soledad y Malambo). El fin de semana pasado se registraron once asesinatos, en el marco de extorsiones y robos. El alcalde Char anunció la militarización de las “zonas periféricas de la ciudad” y la instalación de 500 cámaras de seguridad. Por su cuenta, el alcalde de Soledad pidió ser incluido en los planes de militarización.
Lo cierto es que bandas criminales ya no son “emergentes” en el norte urbano. En Valledupar, Sincelejo, Cúcuta, Soledad o Santa Marta. Y que, en sus encuentros diarios con la policía, hay tanto enfrentamientos como chantajes y colaboración. Entre tanto, los abusos de la policía contra la población que queda en el medio, pasan despacito por la radio local. Hace ocho días fue asesinado Juan Carlos Torregosa, de 16 años, en el barrio Siete de Abril de Barranquilla. Escuchó una bulla en la calle, se asomó y vio varios policías golpeando a unos vecinos. Sacó su celular, salió y empezó a grabar a los policías. Estos se molestaron al ver que los estaba filmando. La Policía declaró que «el uniformado disparó al piso y uno de los fragmentos de la ojiva dio en la humanidad del adolescente».