Reveló W Radio una carta en que Carlos Lehder pide ayuda al presidente Santos. Dice que la justicia norteamericana incumplió acuerdos y que desea regresar al país. Emocionado, Sánchez Cristo recalca el carácter inverosímil y mágico de la historia de Lehder.
Dice que García Márquez estaba tremendamente interesado en entrevistarlo. Otros medios le han hecho eco a “la leyenda de Lehder”, su gusto por el nazismo, su amor por John Lennon. Este tratamiento periodístico taquillero hace de Lehder un misterio: un raro con ideas extravagantes e insólitas.
Así, se pierde de vista que en lugar de representar algo excepcional (un paréntesis fuera de lo ordinario en la historia patria), el personaje encarna tradición y continuidades. Puede decirse que en el pensamiento de Lehder, expuesto en la doctrina de su Movimiento Latino Nacional (y su periódico Quindío Libre), encontramos cuatro obsesiones nacionales de las últimas tres décadas: cuatro motivos que todavía hoy nos copan los discursos políticos y el territorio.
El primero es la lucha antipolítica contra la corrupción. Contemporáneo del Nuevo Liberalismo, el MLN hizo campaña denunciando la corrupción. Más que una crítica al status quo, el ejercicio político de los “Latinos” consistía en denunciar diariamente ejemplos puntuales de corrupción y comparar, con algún éxito mediático, a políticos tradicionales con animales y enfermedades como la lepra. Esta dinámica, por supuesto, hizo escuela y muchas figuras (desde Mockus hasta Uribe pasando por Noemí Sanín y hasta Pastrana hijo) han hecho campañas basándose en ella.
El segundo es la legalización de las drogas y el fin de la extradición. Lehder analizó el problema del narco: “Yo viví en Nueva York y conocí de joven la persecución contra el latino y contra el ilegal (…) estuve en una cárcel norteamericana y vi a muchos colombianos que estaban presos allá por drogas, no lo habían hecho por hacer el mal, sino por necesidad”. Y el Movimiento atacó la extradición (“la farsa más grande que se ha montado consiste en decir que, si se da el caso, los Estados Unidos van a extraditar a un norteamericano de los muchos que han delinquido aquí, a nuestro país”). Sobra decir que en ambos frentes sigue patinando el futuro.
El tercero es la amalgama de política, movilidad social vía narcotráfico y resentimiento con la que también se hace campaña. Lehder la inauguró con un ataque contra la oligarquía y el bipartidismo cerrado que no apoyaba a los “paisas emprendedores”: una forma de hacer política financiada con recursos del narco, emulada por varios y varias hoy y a través de las décadas. El MLN decía estar a favor del pueblo resentido: de los “vendedores ambulantes de mango”, de los niños “con paludismo” y los trabajadores “honrados”.
A favor del pueblo, sí, pero no todo el pueblo. El cuarto motivo que Lehder continuó y perfeccionó fue el del paramilitarismo y la limpieza social. Siguiendo con la tradición bipartidista, pensaba que había que mantener contentos a los pobres con vivienda social, pero había que prohibir las huelgas y rebeliones de clase (cada pobre en su sitio que no todos podemos ser emprendedores). Más que un dato para Gabo, la admiración por Hitler de Lehder era llevada a la práctica en su defensa de la masacre y el asesinato selectivo. Defensor del Ejército (“soy reservista del Ejército, allí aprendí a defender la patria y a portarme como un hombre”), se propuso acabar con los “bazuqueros que corrompen a nuestra juventud” y “el comunismo que nos tiene jodidos compañeros”.