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Jardines de rosas en suelos de buganvillas

10 de octubre de 2015 - 09:01 p. m.

Lluvia, ríos charcos, el agua dulce, ácida, fría, tibia, Manantial o marrón, no es sólo cuerpo chorreando cerca y dentro de la ciudad y la casa, que se cobra cada dos meses con factura blanca o azul. Es también productora del espacio: organiza las calles, delimita los barrios, marca los tiempos y la rutina (bañarse, tomar, cocinar, limpiar, nadar, caminar sobre mojado después de un aguacero).

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Hay tantos lazos entre el cuerpo y el agua. Entre el agua que corre y los billetes que circulan. Porque es cara hasta con subsidio y porque las relaciones entre todos se construyen en sitios con agua y a través del agua misma. El mínimo vital crea alivio entre los vecinos, un buen sistema de drenaje transmite confianza en el Estado, las aguas del Pance se traducen en goce grupal. Pero también genera tensiones, como cuando una mina se chupa los ríos de los vecinos. Y es espejo de otras tensiones quizá más viejas, como cuando en las piscinas se materializa la desigualdad.

Al perseguir el río a través de Bogotá, de Villavicencio o de Cali y recorrer los caminos de los sistemas de acueducto se hace clara lo gris que es la política que los sostiene. Hay a la vez en una misma ciudad, escasez y abundancia. Siempre saldrá disparada y con presión el agua caliente de los barrios con mejor infraestructura y alto avalúo catastral. En cocinas de hoteles, de restaurantes y clubes. En fuentes decorativas, “spas” con terapias de agua para la mujer moderna, gimnasios, saunas, centros comerciales y jardines de rosas en suelos de buganvillas.

Hay entonces procesos ambientales como el fenómeno del Niño que afectan negativamente a algunos grupos sociales mientras dejan impasibles a los demás. O tal vez impasibles no sea la palabra, pues ante cualquier crisis es probable que los grupos menos afectados por las sequías sean quienes decidan sobre las medidas de racionamiento o penalización. Es así como el ministro de Vivienda, Luis Felipe Henao, anunció que, a partir de esta semana, comenzarán las sanciones para quienes desperdicien agua. En lugar de afilar los dientes frente a sectores con más sed (de megacultivos, industriales y comerciales), el Gobierno parece ir tras los sospechosos de siempre en la ciudad. La definición de “desperdicio” está atada a las dinámicas bárbaras de derroche de algunos colombianos. “Si la familia desborda el consumo promedio mensual de agua aplicará sanción”, explicó en distintos medios el ministro. Una perfecta ocasión para que las empresas de servicios domiciliarios añadan otra sanción a algunos barrios de esta nación, acostumbrados a recibir facturas con multas y castigos.

Tanto Julio Sánchez como el presidente Santos piden racionar el agua en la ducha y al lavarse los dientes. Familias “derrochadoras” o roba agua serán sancionadas hasta con el 100% de la factura. Si estas familias se enjabonan más rápido, afirmó el presidente, “podrá llevarse el agua potable hasta Santa Marta”. Cabe recordarle, sin embargo, que en Santa Marta alguna gente tiene mucha agua. Y en Cali y en Cartagena también. Que en cada uno de los cientos de hoteles se lavan diariamente pisos, baños, sábanas, toallas de baño, piscina, mar, cara y pies. Que rebozan ahora mismo jacuzzis, espejos de agua donde se acuesta gente para tomar el sol, piscinas, duchas de piscinas. Que no es sólo en los lavamanos donde perdemos el agua. Que más que en los baños de barrio puede el ministro centrar su atención en minas de oro. En los sistemas de irrigación de flores o caña, de pasto ridículamente verde, de palma.

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