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¿Juglares de lo infame?

25 de enero de 2012 - 06:00 p. m.

En su última entrega el columnista conocido como “Dharmadeva” critica la baja calidad de la música de las “zonas rurales” del país, calificándola como “virus”, producto de la “cultura de prostíbulo” y “la sociedad del consumo”, ruido interpretado por “juglares de lo infame”, violentos animales que les hacen “eco a las miserias del pueblo” y a un “imaginario colectivo ruin”.

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Lamentable forma de desperdiciar un tema de tanta relevancia. Renunciando a la mirada desde el trono moral, no son pocas las preguntas que pueden responder estas melodías que hoy indignan al nieto del expresidente Lleras Camargo. ¿Qué cambios, por ejemplo, ha sufrido la música popular a lo largo de tres décadas de efervescencia criminal y conflicto armado?

Es evidente que en zonas de confrontación y nichos de actividades ilícitas, los miedos y mitos de la vida cotidiana permearon la música. Este fenómeno no es nuevo (desde los cuarenta escuchamos violentas rancheras mejicanas), como tampoco es exclusivo de la “zona rural”.

Desde Punta Gallinas hasta las fronteras del sur, la música se impregnó de historias de aprendices o consumados criminales. Desde el vallenato, con sus alegres saludos a uno u otro bando, según quien estuviera supervisando (y patrocinando) la parranda, hasta la popular amalgama entre música de despecho y corrido, pasando por el reggaetón, el rap y hasta el merengue.

El protagonista, en estas, siempre es polígamo e invencible: “Cuando me toca me tuerzo… lo único que sé es que pa’lante es pa’llá”, canta Jimmy Gutiérrez, “el decano de la música popular”. Un chacho, sí, pero atormentado por miedos y soledades: “Vivo entre dos fuegos, me mata la tristeza por no estar en mi pueblo”, dice el Corrido del raspachín interpretado por los “Bacanes del Sur”.

La perspectiva burlona (y la redentora/lastimera) impide escuchar detenidamente estos relatos que, más allá de lo delincuencial, también hablan de frustraciones, de precaria educación sentimental y de lo difícil, dijéramos, que es ser un hombre pobre en Colombia.

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