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La Joya

21 de julio de 2018 - 09:30 p. m.

El proceso del diálogo urbano-rural de La Joya ha sido culebrero y trabajoso. Ha dado vueltas y tiene sus orígenes quizá en la Escuela Agroecológica de la Provincia de Soto, en Santander. Líderes campesinos en veredas de California, Charta, El Playón, Lebrija, Matanza, Suratá, Tona y Vetas fundaron la Escuela con el propósito de hacer encuentros y aprender. Las enseñanzas eran las transmitidas “de campesino a campesino”. Cada uno, a través de la práctica de largo trecho en su oficio particular, tiene un conocimiento experto que le explica al otro. Y así de camino a camino, piso térmico a piso térmico. Se escogía un tema preciso para la sesión y todos intervenían desde sus experticias puntuales. “Parcelas agroecológicas, manejo del suelo, procesamiento de alimentos, agroforestería, semillas, construcción de pozos de cosecha de aguas lluvias” fueron algunos de los ejes de la Escuela. También se discutieron las esperanzas para el futuro, los significados que podían tener palabras como desarrollo o buen vivir.

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Tras años de trabajo parejo se habló también (y cada vez más) de un problema común: el de cómo comercializar los productos (cada día eran más abundantes). Una posible estrategia era llegar ellos mismos a la capital del departamento. Ya en el pasado habían trabajado juntos movimiento campesino y urbano, en el contexto del referendo por el agua de 2007. En aquel tiempo, los cultivadores de la provincia de Soto —que bregaban por mantener el páramo al margen de los estragos de la gran minería— fueron particularmente activos en la recolección de firmas. La iniciativa, que entre otras cosas buscaba mostrar a las comunidades alternativas frente a la explotación del patrimonio natural, usaba el agua como elemento transversal en los conflictos ambientales por minería, agroindustria o hidroeléctricas. En el entusiasmo por el referendo coincidieron con dirigentes barriales de La Joya de Bucaramanga.

Agarrado en los brazos de la meseta, el barrio de interés social La Joya fue fundado por el Instituto de Crédito Territorial en 1962 y se construyó con los aportes hechos por John F. Kennedy en su visita al país. Cada adjudicatario contó con un aporte de $275 para los materiales de construcción. Don José del Carmen Torres, uno de los primeros en llegar al barrio, cuenta que “las mensualidades del préstamo quedaron en $60 con 22 centavos”. Los primeros pobladores también explican el nombre del barrio: “Acceder a una casa propia, a comienzos de los años 60, era un joya que muy pocos podían lucir”. Desde entonces, cada década vino cargada de cambios y problemas: el fin del trabajo asalariado para muchos y muchas, los coletazos de la guerra de guerrillas y la barbarie del Bloque Central Bolívar que se asomaba. Emergieron rutinas de microtráfico, pandillas, endeudamiento y desesperanza. Durante los días del referendo por el agua, promesas ambientalistas y de fortalecimiento de lo público movilizaron dirigentes de acción comunal y sindical en La Joya. Y años después, ante la visita de la Escuela Agroecológica de la Provincia de Soto, el entusiasmo regresó.

Estas son las raíces del diálogo. Este se vive hoy de varias formas. Con el Festival de Expresiones Rurales y Urbanas, que reúne música, teatro y gastronomía. En la Troja de semillas en que se aprovecha el espacio barrial para intercambiar semillas y recetas y platillos. En el mercado campesino que cada dos semanas agrupa a La Joya con las veredas. Angie, de Lebrija, cuenta lo que más le gusta del mercado: “Lo más bonito es que, al finalizar ya la venta, intercambiamos nuestros productos. Por ejemplo, si alguien vive en una parte más fría y nosotros venimos de un clima más cálido, entonces le intercambiamos la mora por yuca o por piña y productos que ellos de pronto no tienen”. Para todos los involucrados es difícil. Los citadinos se bandean en situaciones laborales a veces inciertas, los visitantes tienen que buscar cómo traer sus productos (usando buses de servicio público). El barrio recuperó un parque y ganó acceso a historias varias de sabores con sus respectivas comidas. La Escuela no sólo encontró dónde vender, sino también dónde seguir enseñando.

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