No creo, como el columnista Alejandro Gaviria, que haya un país de Cali para arriba y otro de Cali para abajo.
Si de identificar países distintos se trata, diría que hay una República de Colombia, y una República de las fronteras. Esta última agrupa los municipios del bajo Nariño y Putumayo que colindan con Esmeraldas, Carchi y Sucumbíos, y los municipios de Arauca y Norte de Santander que limitan con Zulia, Táchira y Apure.
Pese a que estos dos territorios, en los que se concentra el 95% de la población fronteriza, están ubicados en dos extremos del mapa, puede imaginárseles como una unidad. A continuación, tres razones por las que sería relevante pensar en términos de fronteras.
En la República limítrofe hay más violencia que en el resto del país. Los departamentos de frontera tienen una tasa de homicidios mayor que la del promedio nacional —en 2010, la tasa de homicidios de Putumayo estuvo 30 puntos por encima, la de Arauca, 54—, cuentan con presencia de guerrillas y en Norte de Santander y Nariño se multiplican las bacrim.
Hay más coca que en el resto del país. Como consecuencia de las fumigaciones en el Putumayo, desde 2006 Nariño se consolida como el mayor productor de coca. En Nariño, Putumayo, Arauca y Norte de Santander se concentra el 37% del área total cultivada nacionalmente.
Hay menos “progreso”. De los 77 municipios de frontera, 69 tienen mayores porcentajes de personas con necesidades básicas insatisfechas que el promedio nacional. Y hay, también, crisis humanitarias irresueltas. En Nariño, Putumayo y Arauca siguen presentándose rutinariamente desplazamientos masivos y mientras Ecuador ha reconocido a más de 54 mil refugiados colombianos, se calcula que en Venezuela hay alrededor de 200 mil más.
La fotografía del panorama fronterizo la tomó el International Crisis Group, en un inquietante informe que nos debería permitir expandir las miradas hacia esa otra realidad que afrontan, desde los noventa, los ciudadanos que viven en los bordes.