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Leidy

23 de julio de 2014 - 10:11 p. m.

Porque viví tres meses en una ciudad del norte de Colombia sin suscribirme a un servicio de internet residencial, pasé muchos días en Juan Valdez.

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 Casi siempre, y pese a los precios, el local estaba llenísimo a cualquier hora y sus clientes venían en carro o en moto. Aire acondicionado, wifi, enchufes, novedad de bebidas de café, muchas heladas que se pueden pedir para llevar, decoración de montaña verde (papel de colgadura con montañas de tamaño seminatural).

Con el tiempo hice rutinas. La encargada ocasional de la caja, que también preparaba el café, me reconocía al llegar. Comencé a llamarla por su nombre escrito en una placa blanca abrochada al uniforme. “Camila, me regalas, por favor, más hielo”, “Camila, dame un latte y unos panderitos”. Un sábado, al final de la tarde, me dijo carcajeándose que ella no se llamaba así. Su nombre verdadero era otro, transcrito del inglés. Pese a ser bastante conocido en el país, no fue el escogido para figurar en la placa. La fila comenzó a formarse y seguí moviéndome mientras la falsa Camila se reía otra vez, burlándose, saboteando su cambio de nombre.

La anécdota hace pensar en las incomodidades que puede despertar el consumo de algunos. En la cabeza de los administradores de este establecimiento, el cliente no solo iba por café. La buena experiencia de esparcimiento y demás que en efecto nos venden en estos lugares, viene acompañada de deseos tan puntuales como el de la modificación de un nombre. Probablemente se equivocan y en realidad el que acude por su café poco o nada se interesa por qué tan blanqueado y uniforme es el entorno. O a lo mejor no hay ningún mensaje para descifrar en el apodo que le fue impuesto a quien no se llamaba Camila.


Sin embargo, el tema no se cierra ahí. El consumo o la apropiación que algunos hacen de lo europeo, lo gringo o lo cosmopolita, también es una fuente de enrarecimiento. Hay cejas que se levantan cuando muchos se agolpan, con entusiasmo, a tomar café con tapa como en las películas y las revistas de Hollywood. Por lo general, son cejas bilingües que probablemente harían otras filas, en otros lugares. Cejas que ya han viajado. Y cejas que jamás usarían nombres de la realeza europea o cinematográfica gringa.

Este es un tipo de fastidio cosechado entre tensiones de clase (pero también regionales) que suele manifestarse de dos formas.

La primera es la reprobación. Es una reprobación de tipo dramático, en grandes declaraciones que se lamentan del país que tenemos (“no somos modernos”, “seremos siempre pueblerinos”, “montañeros”). O de tipo humorístico, en una burla al estilo de mal gusto (“la lobería”) de quien osa apropiarse de un mundo que no es el suyo. La segunda, entre tanto, es de condescendencia. En esta variante más bien de izquierda que se presenta a sí misma como crítica, las clases populares no saben lo que hacen. Escogen nombres norteamericanos porque la televisión, su opio, les lavó la cabeza. Quieren consumir café de una cadena y además hacer fila porque el capitalismo los aliena. Los embrutece.

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