Se habla esta semana de eliminar los estratos. En Bogotá se está pensando en alternativas al dispositivo “que clasifica la población como rica o pobre según el lugar donde vive”.
La estratificación, afirman, ha producido “una situación de segmentación, segregación y estigmatización”. La clasificación de los barrios en seis categorías usando la metáfora geológica (de capas, una encima de otra) se presta actualmente para todo tipo de distorsiones y arbitrariedades. No permite, entre otras cosas, determinar de manera justa quién necesita subsidios en los servicios públicos. Sin embargo, algunas de las declaraciones de quienes proponen el cambio de sistema ameritan cierta discusión.
Se repite con insistencia que somos el único país con este problema, pues todos los demás ya lo “superaron”. “Hay que superar los estratos como ocurre el resto del mundo”. En palabras de Roberto Lippi, experto de ONU-Hábitat, es “el único país que conozco que tiene estratificación social para el enfoque de subsidios. Y conozco muchos países”. Este tipo de reflexiones son problemáticas en tanto hacen pensar en la posibilidad de hacer tabula rasa. En esta suerte de receta somos especiales, estamos “retrasados” y nunca antes habíamos pensado en este tema. Con lo cual se pierde la oportunidad de asistir a todos los debates anteriores: sobre cómo dividir a la población citadina para que algunos ayuden por ley a otros, se viene discutiendo en Colombia desde finales de los veinte.
En un contexto de formación de barrios obreros, ideas higienistas, bipartidismo y corrupción, el acueducto de Bogotá debatió con el Concejo para establecer el primer sistema de subsidios cruzados, en 1929. Aquellos con propiedades más costosas pagarían más cara el agua para que la empresa, que contaba con escasos préstamos, pudiera extender la infraestructura a los nuevos barrios. Medellín fue más lejos en los cincuenta, cobrando derechos de conexión a usuarios industriales, comerciales y dueños de casas más caras para extender redes a las decenas de barrios que se formaban en un acelerado proceso de urbanización nacional. En los sesenta el sistema se hizo nacional y en los ochenta los problemas de la clasificación (según el avalúo de cada propiedad) llevaron a pensar en una alternativa de carácter socio-económico. Tras varios años de trabajo, tropiezos, leyes y discusiones, fue en los noventa que finalizó la división de ciudades en estratos.
El debate lleva a una segunda declaración discutible: que los estratos produjeron la segregación por clase. “Más que identificar a los verdaderos necesitados de la ayuda oficial, los segmentó (…) dividió a las ciudades en guetos”, dice, por ejemplo, el editorial de El Tiempo. Pero los estratos no se adoptan a nivel nacional sino después de la gran urbanización de los cincuenta, sesenta y setenta (cuando ya, a grandes rasgos, teníamos las ciudades que tenemos). La estratificación reprodujo o a lo sumo volvió naturales estas divisiones. Pero la segregación por clase ya estaba ahí y respondía a factores que podrían sobrevivir al final de los estratos. Por muy revolucionario que pueda parecer el enfoque del borrón y la cuenta nueva, la inequidad, el desplazamiento forzado, la localización de viviendas de interés social, la urbanización como clientelismo electoral y los trasteos por desconfianza al ascenso social no desaparecerán con la llegada de un nuevo recibo del agua en el que desaparezcan los estratos.