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Los méritos individuales

13 de agosto de 2014 - 09:54 p. m.

“Mantendré y cuidaré al SENA —la institución más querida por los colombianos— como la joya de la corona”, afirmó durante el acto de segunda posesión como presidente Juan Manuel Santos. Días después escogió a Alfonso Prada como nuevo director de la entidad, cuya función es proveer una formación técnica, una “preparación para la competitividad”.

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Este nombramiento, sin embargo, fue recibido con aprehensión. Analistas lamentaron que se escoja a “un político de carrera” y advirtieron que “no es un nombramiento por meritocracia”. Al aire, Prada prometió abandonar la política y trató de justificarse, contando que él también tiene tres posgrados de la Universidad Libre de Bogotá y fue profesor universitario. Hubo quienes no le creyeron y se mostraron nostálgicos de la exdirectora y hoy ministra de Educación, Gina Parody, quien sí tiene los méritos y hasta dos maestrías “en el extranjero”.

En síntesis, mientras que a Prada se le equipara con partidos políticos, roscas o privilegios, a Parody se le asocia con buena educación y transparencia. Puede pensarse que son estas las dos formas de escoger funcionarios o contratistas del Estado: vía política electoral a través de favoritismos y nepotismos o, en algunos niveles, vía “meritocracia”, que privilegia unas trayectorias académicas y profesionales muy específicas. La primera forma promueve claramente la exclusión. La segunda, como lo señaló en alguna columna Alejandro Gaviria, “puede ser un eufemismo conveniente para designar una nueva forma de exclusión”. Muchas veces, como en el nombramiento de Simón Gaviria en el DNP, se trenzan el nepotismo con los títulos foráneos, el amiguismo con la trayectoria esperada.

Volviendo al Sena, Prada y el presidente prometieron cientos de cupos y colaboraciones con “Mintic” para llevar clases en pantallas por cuanta parte. Las promesas han hecho eco y hay quienes sostienen que estos incentivos frenarán la tendencia colombiana a perseguir el grado profesional en universidades mal equipadas o “de garaje” (que no cuentan para lo de la meritocracia). Tantas expectativas, sin embargo, no pueden ser recibidas sino con cierto escepticismo, dada la brecha salarial y de distinción social entre tecnólogos y profesionales. Y dada también la doble exclusión en la contratación pública, ejemplificada brutalmente en el fenómeno Prada/Parody: o se está en la rosca política o se tiene el pedigrí académico.

Entre tantos llamados histéricos al mérito individual, a prepararse para la “competitividad del siglo XXI” y en nuestro contexto de movilidad social tan apretada, cabe recordar que la criminalidad organizada encaja en muchos de estos valores. Como actividad laboral promueve la competencia más descarnada, aquella que se basa exclusivamente en el trabajo personal, y no presenta el mismo tipo de barreras de acceso o ascenso. Bien lo dijo el investigador Alejandro Hope para el caso de México y tras la captura del Chapo Guzmán, mientras se especulaba sobre quién lo sucedería en la dirección de la organización: “el tráfico de drogas es uno de los pocos sectores realmente meritocráticos de la economía mexicana”.

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