De abuela optimista y abuelo contrabandista tengo la raíz agarrada en Ocaña. Dice la columnista Salud Hernández que el presidente Maduro también. De acuerdo con Hernández (y otros columnistas), al esconder su certificado de nacimiento y expulsar colombianos de Venezuela, el mandatario traiciona su propia patria.
Nacionalismo, lealtad, orgullo de la bandera. Parada sobre los cuentos de los míos puedo intentar mapear, no el orgullo, sino la desilusión de una generación. Mi abuelo quiso estudiar en el colegio, pero no consiguió para los uniformes: desde niño fue jornalero. En su vida fue y volvió del campo al municipio, arrió mulas durante la Violencia y fue cotero, ayudante de chofer, camionero y comerciante sin fronteras. Perdió su hermano varón asesinado en los 50. Las hermanas se murieron del corazón y él a los 42, de tanta carretera y fiesta. Mi abuela vino del campo: vendió empanadas y cosió ropa. Resistió a una década de violencia doméstica sin respiro y se murió joven. También del corazón. Varias de sus hermanas salieron de Ocaña para áreas metropolitanas en Cesar. Una de ellas con cuatro hijos: un guerrillero, otro paramilitar, uno policía y un civil. Vio morir al policía y el civil.
Sus recuerdos están sembrados con chismes de programas que llegaban (“llega el Estado”) y certezas de mejoras. Grandes inversiones en las postrimerías de la Violencia (escuelas, juzgados, puestos de salud y titulaciones de baldíos). Nostalgia ante programas de rehabilitación que daban la oportunidad de participar y hacer planes para la comunidad. Muchas veces las promesas se fueron transformando en frustración. La reforma se anunciaba y se estancaba en la ejecución. O no llegaban los recursos o los desviaban in situ actores más locales. Todo tomaba años. El entusiasmo se perdía. Además, en un departamento con petróleo, carbón (y luego coca), las iniciativas y la gente se fueron quedando empantanadas entre la consolidación de frentes de las Farc, el Eln y dos disidencias del Epl.
Mientras se desenfundaba el PNR y se estrenaban el Sisbén, la Red de Solidaridad Social y luego el componente social del Plan Colombia, parqueaban en Tibú las camionetas del paramilitarismo. “A La Gabarra, Campo Dos, y Petrólea los invadió, como una peste, la propia muerte”, tituló La Opinión en agosto 22 del 99. Norte de Santander registró entre 1997 y 2007 más de 12.000 homicidios (150 líderes comunitarios). En 2002 se cometieron 42 masacres en Cúcuta. Ese año, el Instituto de Medicina Legal de la ciudad expidió un comunicado anunciando un colapso total debido a la atención masiva de levantamientos de cadáveres. La estrategia fue dejar este y otros pedazos del norte nacional a los paramilitares. En Norte de Santander, el paramilitarismo contó con la colaboración activa del Ejército, la Fiscalía y el DAS. En una trenza de intereses económicos (tras el desplazamiento, agroindustria y prosperidad) y políticos (de exterminio de la subversión, confianza inversionista) se dejó esta frontera a merced del bloque Norte. La gente cruzó el río y ha vivido pagando vacunas en una zona controlada por amalgamas de paramilitarismo reincidente y Guardia Nacional. ¿Qué vieron sus ojos que prefieren esto a regresar?
En este contexto, dice Salud Hernández que cruzaron la frontera porque Chávez los trajo “con espejitos”. Un editorial de El Tiempo afirma que ahora “van a empezar una vida en su tierra natal”. La revista Semana nos informa que Colombia sí ha recibido muy bien a los venezolanos que llegan: incluso viven en el norte de Bogotá. Santos, por su parte, vaticina que la revolución bolivariana se está autodestruyendo. Cabría agregar que en Colombia no hubo revolución sino reforma. Y que la reforma de algunos significó la destrucción de otros.