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Moralismo y voluptuosidad

12 de septiembre de 2012 - 05:12 p. m.

¿Qué tienen en común vedettes como Marcela Mar y Alejandra Azcárate con brújulas de la moral nacional como Ricardo Silva y Camila Zuluaga?

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Todos reprueban la “belleza mafiosa”: Mar (otrora Gardeazábal) calificó la belleza de su colega Sara Corrales como “perpetuación de la estética del narcotráfico”, estética “asquerosa” y “muy primaria”. Zuluaga acusó al aire a Azcárate de promover el “estereotipo de mujer mafiosa”, a lo que Azcárate respondió indignada que ella es “muy delgada” y los mafiosos las prefieran “muy voluptuosas” (figura que ella rechaza). Silva, a su vez, pontificó sobre la existencia de un imperio de “las bellezas siliconadas” al que tildó de “decadente”.

¿Qué perturba en esta belleza al punto de que se acuse cotidianamente a las miles de mujeres que la persiguen de ser “mafiosas”? (¿De tener gustos que están por fuera de la ley?).

Desde hace más de una década, quitarse y ponerse dejó de ser práctica exclusiva de parejas de traficantes. Este “modelo”, en parte legado del narcotráfico, es el preferido por la televisión local y se ha convertido, entre clases populares y medias, en paradigma de belleza (y mecanismo de ascenso social).

Aproximadamente 56.000 cirugías cosméticas fueron realizadas a colombianas en 2010, y no todas fueron financiadas por esposos machistas o patrones del mal. De hecho, muchas fueron asumidas por asalariadas o independientes a través de ahorros, préstamos y modalidades flexibles de pago.

¿La “narcoestética” cosifica el cuerpo femenino? Claro que sí. Lo hace, además, cualquier paradigma de belleza elogiado en Vogue (o TV & Novelas). ¿Es un marcador de consumo extravagante? Por supuesto. Y que la inversión sea en el propio cuerpo lo hace quizá más egoísta. ¿Pero no es acaso refrescante para una mujer asumirse como “consumidora”? ¿Por qué sus gustos no sólo son objeto de burla sino que además son tipificados, cada vez más, como “sospechosos” (léase ilegales)?

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