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Para político no

27 de junio de 2012 - 06:00 p. m.

Por estos días se describe a «los políticos» como cáncer, lobos o burros. Mientras algunos locutores divulgan sueldos de congresistas, otros recuerdan que los senadores y representantes «sólo trabajan tres días a la semana».

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“¿Por qué tenemos que mantener a 262 congresistas?”, se preguntan los líderes de opinión. En una famosa tonada navideña ya lo había resumido el maestro Lizandro Meza: “Para doctor, para enfermero, para todo lo que quieras estudiar habrá salud, voluntad y dinero, lo importante es que te quieras superar, para pintor, para bombero (…) pero, ¡para político no! ¡no y no y no!”.

Este discurso de asco hacia el llamado “político tradicional” no es nuevo y, de hecho, es el que ha predominado a lo largo de las últimas dos décadas. Quizás el pionero en la mirada reprobatoria fue Galán, en el contexto de la gran criminalización de los partidos políticos. Tras el asesinato del líder surgió toda una camada de políticos independientes cuyo discurso se basó en la indignación moral y la denuncia de sus adversarios “clientelistas”. Pronto, ser independiente y estar indignado se volvió rentable políticamente. Fue así como miembros de los dos partidos, desde Íngrid Betancourt hasta Moreno de Caro, pasando por Noemí Sanín, María Emma Mejía y Álvaro Uribe, se proyectaron en tanto que adalides de la moral y detractores de la política de “pinochos”, “elefantes” y “ratas”. El más exitoso fue el expresidente, quien logró venderse como enemigo mortal de la politiquería, mientras hacía política cotidiana con los tradicionales.

La tendencia al “¡para político no!” tiene sus trampas. Quien grite fuerte su indignación moral contra la corrupción, puede llegar a ser exitoso. Pero eso no significa que tenga mejores ideas. Además, muchas de estas proclamas están encaminadas al desmantelamiento de los partidos políticos y el Congreso: instituciones de intermediación sin las que, paradójicamente, no habría democracia.

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