Las piscinas son espacios de agua con cloro en las que se reflejan el placer y la democracia, la desigualdad y el resentimiento.
En la década de 1920 en Berlín se dio prioridad a la construcción de piscinas públicas con el propósito de, entre otras cosas, alisar las diferencias sociales. No sólo había que habilitar piscinas y lagos para masivos baños recreativos, sino también fomentar las clases de natación en el colegio y construir vías para que todo el mundo en la ciudad pudiera llegar a disfrutar del agua. Así, una de las primeras políticas del nazismo tras llegar al poder en 1933, fue prohibir la entrada de judíos a las piscinas. Mientras tanto, desde la construcción de las primeras piscinas en Estados Unidos hasta hoy, estas han sido epicentros de racismo y segregación. A través del tiempo la población afroamericana ha sido vetada y expulsada de las muchas piscinas de los otros. Para mantener las piscinas “blancas” las ciudades norteamericanas han usado argumentos de higiene (son sucios), salud (son contagiosos) y, más recientemente, seguridad (son peligrosos). Aunque ninguna ciudad latinoamericana se destaca por una política de piscinas incluyente, algunos gobiernos han privilegiado la financiación de centros deportivos urbanos o cuentan con piscinas al interior de los colegios y universidades estatales. En Colombia, las piscinas públicas no son espacios contenciosos ya que, a grandes rasgos, no existen. He visto a Sandra, que trabaja como empleada del servicio y niñera en un condominio residencial barranquillero sentarse al borde de la piscina, azulita, un sábado al medio día. Ella vigila a los niños que juegan adentro. Sabe que, eventualmente, los amigos de los niños también se van a bañar. Los padres, primos, familiares lejanos e invitados también. Igualmente se zambullirá en algún momento el rescatista, que ahora (por ley) mantiene aburrido, mirando la pantalla del celular, en una silla. Y el french poodle de la familia que se sumerge cuando hace demasiado calor. Ella, en cambio, no podrá bañarse, hacer brazadas, pararse de patas para arriba o flotar mientras el sol le cae en la cara. Sus hijos tampoco. En Bucaramanga Nohemí, la manicurista a domicilio, también camina al lado de la “zona húmeda” del conjunto cerrado. Aunque todos los pies que pinta de colores se meten a la piscina, ella no. Libardo, el celador, limpia con una red el agua, a una hora en que el sol agrede y pone la piel de gallina. Saca chicles, pelos, plásticos. Mete de vez en cuando las manos (pero solo las manos). En Barranca, Mario le siembra flores en materas que decoran los bordes, bugambilias, cayenas, tú y yos. Todos los días las riega para que la piscina se vea bonita, pero tampoco entrará nunca en ella. No hay ningún cuerpo de agua destinado para el goce de todos en la ciudad. En Bucaramanga y Barranquilla, las únicas piscinas del municipio, que son las olímpicas, son exclusivamente un semillero de futuros deportistas. La página oficial de la Alcaldía de Cali enumera entre las piscinas “públicas” el Acuaparque de la caña, que a su vez anuncia (en su respectiva página) descuentos del 30% a funcionarios de la Alcaldía, de la Policía Nacional y del Concejo. Es en Bogotá donde parece haber un mayor número de espacios públicos de natación. Sin embargo, los cinco espacios existentes exigen tener disponibilidad en la mitad de la tarde, documento de identidad y “elementos de aseo personal”. En el complejo acuático Simón Bolívar se exige además manejar “dos estilos de nadado”. En todas partes exigen “certificado de aptitud médica donde se constate que no padece de enfermedades infectocontagiosas expedida por la EPS a la cual está afiliado”.En materia de desigualdad, no hace falta comisión de la verdad.