Quien se interese por conocer un poco sobre la historia de las colectividades políticas colombianas del siglo veinte, se dará cuenta de que existen muchos más trabajos sobre el liberalismo (y la izquierda) que sobre el Partido Conservador.
Pese a que fueron los conservadores quienes pensaron la Constitución del 86 y gobernaron durante 53 años, no conocemos suficientes aspectos de la vida interna del partido.
Una falta de curiosidad similar hace que no se preste la atención suficiente al uribismo de ayer, Puro Centro Democrático del mañana. En medios nacionales y entre especialistas, se suele subestimar (cada vez más) la importancia de esta fuerza política y su relevancia futura. Se explica la popularidad de Uribe Vélez, altísima para un exmandatario, o sus triunfos electorales, afirmando con poca evidencia que todos, encuestados o votantes, respondieron al clientelismo o a presiones violentas. Otras veces, se ridiculiza al movimiento y a su líder (“montañero” y “loquito con celular”).
¿Cuál es, pues, la ideología del uribismo? ¿Cuáles son las ideas fundamentales que caracterizan hoy el pensamiento de sus votantes? En el centro de sus preocupaciones ha estado siempre la antisubversión. Y últimamente, la defensa de lo que Lacouture ha llamado “las víctimas ganaderas”. Vale decir: los ricos (“de toda la vida”, nuevos ricos, aspirantes a ricos) de clima caliente, secuestrados o asesinados por las guerrillas.
Hay un discurso, también, que funciona como pegante entre la colectividad y que permite que los votantes se identifiquen con el expresidente. Este es, sin más, el del resentimiento hacia la élite tradicional bogotana. Como con cualquier discurso que apela a un sentimiento, este está repleto de contradicciones y varianzas regionales. E igual, es posible pensar que se sostiene en tres pilares.
En primer lugar, se piensa y se repite que los ricos rolos “de buena familia” son creídos, ligeros, burgueses. Que se creen mejores y son proclives a la hipocresía y la doble moral. En palabras del propio Uribe: “Socialbacanería centralista indolente frente al asesinato de soldados”. La obsesión con los niños “bien” de familias poderosas ha sido parte de su ideario. Y los orígenes del presidente Santos, como será obvio, no ayudan.
Los seguidores de Uribe se identifican también con una serie de valores rurales. Defienden una vida de trabajo, pujanza y berraquera, a diferencia de la que lleva la “burguesía, amiga del poder y del dinero, perezosa y contemplativa”. Una vida cercana al campo, pero no bucólica. Una existencia diferente de la de los “socialistas de editoriales y salones” a los que “les gusta el poder, la Presidencia, la prensa, la Fedecafé”. Esos que añoran el “roce social”.
Por último, los uribistas se reafirman como un producto de la región. Al centro, que no le temen, le tienen tirria. Y es desde las entrañas de la región, del caminar y conocer a Colombia, que todo parte. “Un provinciano como yo… no he hecho sino andar por los parajes de Colombia”, afirma Uribe. “Ustedes no saben cómo son las cosas acá”.