En un comunicado reciente, EPM informó que mientras algunos trabajadores inspeccionaban uno de los túneles de descarga del proyecto Hidroituango encontraron un gran número (indeterminado) de peces muertos. EPM ya dio a conocer el hallazgo a la Autoridad Nacional de Licencias Ambientales (ANLA). Los mentados túneles sirvieron de embudo para la evacuación de agua desde la casa de máquinas hace exactamente un año (en una operación que entonces dejó más de 65.000 peces muertos cuenca abajo). La empresa también informó que “es posible que en nuevas exploraciones se repita esta situación y que, cuando finalicen estas actividades, se procederá a la identificación de especies afectadas”.
Otro montón de peces muertos amanecieron flotando esta semana en la ciénaga de Mallorquín, entre Barranquilla y Puerto Colombia. Los pescadores de la zona vienen encontrando escenas similares desde hace años. Entre las causas iniciales de la crisis en la ciénaga estuvo el basurero distrital de Barranquilla, ubicado hasta hace poco más de una década en el sector de Las Flores, a orillas del agua. Otra de las causas tiene que ver, paradójicamente, con el abandono en las orillas de maquinaria que fue usada para el dragado de la ciénaga y que hoy en día recolecta y empoza la basura y los desechos que allí llegan desde los sures de la Barranquilla metropolitana.
Una pérdida similar viven desde abril las familias del corregimiento de El Centro (Barrancabermeja), luego de un derrame de petróleo que afectó el pozo de piscicultura, en donde se registró la muerte de más de 6.000 bocachicos y mojarras. El accidente no fue inesperado, pues correspondió a la falta de mantenimiento de infraestructura de Ecopetrol. Viviana, una de las piscicultoras afectadas, contó que esta es la tercera vez que se presenta este hecho: “Ya estamos cansados porque siempre hemos hablado y llegado a acuerdos. Pero ya solo nos faltaban ocho días para sacar la producción de peces y nos pasa esto. Pensábamos pagar unas deudas con el dinero de la producción, pero ahora no podemos porque todos se nos han muerto, sobre todo el bocachico, que es el más caro”.
Además de peces muertos, las 300 familias del corregimiento de Anchicayá, en zona rural de Buenaventura, se encuentran por estos días con el río que bordea su comunidad lleno de lodo. Este lodo alentó el desbordamiento del río Anchicayá y provocó un corte indefinido en el servicio de agua potable. Mientras la crisis se desencadena, ni en la ANLA ni en el distrito de Buenaventura han podido entender las causas, pues aunque hay quienes señalan posibles percances en la central hidroeléctrica en el bajo Anchicayá, la empresa que maneja la represa esquivó cualquier responsabilidad y culpó al alto impacto de actividades extractivas en el río.
Por último, el pasado 6 de mayo, el Grupo de Investigación en Toxicología Acuática y Ambiental lanzó el libro que condensa investigaciones sobre los efectos del glifosato sobre los peces fantasma, bocachico y cachama blanca. Los profesores de la Universidad Nacional y la Distrital explicaron cómo, tras ser expuestos a concentraciones conocidas del herbicida, peces como el bocachico “mostraron signos extremos del sistema nervioso, lo cual se hizo evidente en un nado frenético de los peces en los acuarios”. Los peces mostraron también dificultad al respirar y eventualmente fallecieron.
Los noticieros anuncian con cierta resignación estas situaciones. Afirman que sustancias nocivas (crudo, pesticidas, mercurio y aguas negras) o afectaciones del caudal (debido a represas) perturban los ríos. Sin embargo, se trata de procesos largos, tubos de petróleo porosos, hidroeléctricas construidas a las malas, minería sin controles y más de dos décadas de fumigaciones en el pasado. Las acciones, lo que contamina, no es que ocurran en el río: lo producen. Más que la perturbación de los ríos, las noticias nos hablan de unos ríos nuevos.