A VECES LA BULLA Y LA INFRAESTRUCTURA, la financiación y el movimiento de funcionarios e ingenieros llegan rápido, aturdidores.
Se incorporan muy selectivamente demandas desde abajo, se crean cargos y vienen de pronto el presidente, los estudiosos y los fotógrafos. Se dejan montados algunos edificios e instituciones que luego se acaban o se desmontan, se quedan sin impulso. Después pasan décadas de sólo ejército, impuestos, juzgados. Y luego, algún mes, todo vuelve a empezar. “Titulación de baldíos, obras públicas, escuelas, saneamiento, campañas de protección de la infancia, vivienda, sueldos para abogados de los pobres” enumera, por ejemplo, el listado de inversiones de la Comisión Especial de Rehabilitación en 1959. El Estado de bienestar en su forma menuda, de instrucciones y presupuestos llega a un municipio en Santander o Atlántico (con la reforma agraria del 36 o el 68 o las comisiones de rehabilitación), en brincos, cada tanto. Así, luego de un bombo inicial, el entusiasmo se retira. Con un ritmo de ola. Otras veces, todo empieza con un proyecto de ley, una coalición, un partido en ebullición como el Liberal de los treinta. Giras políticas, movilización o protesta y se pone en marcha la coreografía parlamentaria. Si excepcionalmente todo sale bien y hay bancada, apoyo internacional y élites que bajan por un momento la guardia, se aprueba una ley y se desenfunda presupuesto. Comienza en los municipios el chisme y la expectativa. La gente se apropia de los espacios nuevos, los transforma. Sin embargo, la reforma se traba en la ejecución. Por límites fiscales o técnicos (¿cómo hacer la reforma agraria del 36 o 68 sin registros catastrales?), por la injerencia de grupos poderosos (la ANDI y FENALCO bloquean la reforma tributaria del 74); por un cerco directo de ejércitos privados o de sectores del propio ejército nacional. La frustración también tiene su ritmo. Hay también catalizadores, instituciones y dispositivos que aceleran la cadencia estatal. Tutelas, que en el caso del aprovisionamiento en agua potable y saneamiento han forzado inversiones y resultados prestos. O que en otros escenarios, de discriminación e injusticia, de acceso a la salud, a la educación y la dignidad, entran como mediadores de excepción y terminan cambiando la legislación. También apresuran y apremian las defensorías del pueblo. Estas reaccionan para proteger una comunidad de otros proyectos del Estado, de las fiscalías, los secretarios, las fuerzas armadas. Organizaciones, líderes y políticos avispados que creen en algo actúan en esta misma velocidad. Y mil veces ritmos disonantes, antónimos, conviven en un mismo sitio. Rápido y despacio, desidia y control gubernamental. Un ejemplo puntual lo prestan los flujos en los municipios del Pacífico. El Estado colombiano lleva dos tipos de líquido a Timbiquí: agua y glifosato. Para repartir ambas sustancias pesadas se necesita una gran infraestructura, tuberías y plantas de tratamiento y bombeo para una, aviones, pistas y aspersores para la otra. Las dos requieren una gran inversión. Mientras el glifosato ha llegado rapidísimo y con fuerza (siembras de cacao, plátano, papa china, palma de chontaduro, caña y yuca fueron quemadas por la aspersión aérea), el agua potable no llega ni siquiera sin presión (al día de hoy no se construye el acueducto). Para leer la prensa, estudiar el municipio o pensar la coyuntura, quizá valga la pena pensar al Estado no sólo desde el espacio (¿dónde está?) sino desde el tiempo.