Distintas críticas ha despertado la nueva estrategia discursiva del presidente de la República.
Santos, a quien hace algunos años nadie hubiese descrito como un líder carismático, se autoproclamó defensor de los pobres y “traidor de su clase”. Algunos analistas han manifestado su desconfianza en las promesas presidenciales. “A un político que se mueve como pez en el agua entre Anapoima, Londres y el Country Club nadie le cree que (…) ahora quiera abanderar la causa de los descamisados”, afirmó María Jimena Duzán.
Lo cierto es que todo político, amateur o veterano, tiene derecho a renovarse y a alterar su identidad. Ese es el oficio. Y quien no se reinvente, amoldándose a nuevas coyunturas y atrayendo nuevos electorados, correrá el riesgo de desaparecer. Aunque el discurso antisubversivo ha sido constante en sus alocuciones, el mismo Uribe modificó su perfil durante su largo mandato, incluyendo nuevas luchas —contra Chávez, la “social bacanería” o los consumidores de drogas— que lo redefinieron políticamente.
Gaitán, considerado “el verdadero” tribuno de los pobres, se reinventó presentándose como una víctima más de la desigualdad, pese a que, en realidad, hubiera podido describirse como otro traidor de su clase: la clase media. En sus memorias, Lleras Restrepo, que tenía una buena relación con el padre de Gaitán, recuerda como éste le confesó su molestia con las exageraciones del hijo, a quien había proveído de excelentes oportunidades educativas:
“Gaitán gustaba de ponderar la miseria que había rodeado su juventud (…) En realidad, vivió y se educó como un miembro de la clase media de entonces (…) A edad temprana fue elegido como diputado a la Asamblea de Cundinamarca y luego fue representante al Congreso (…) fue designado alcalde de Bogotá, ministro de Educación durante la administración de Santos y de Trabajo en la segunda administración de López, (…) ¿Qué podía alegar para mostrarse como un perseguido que tenía que luchar a brazo partido contra una oligarquía cerrada?”.