En las madrugadas de esta semana, cientos de mujeres, hombres y niños salieron de sus casas a bloquear vías.
Luego de pedir ayuda al municipio, pues daños en infraestructura los obligaron a hacinarse en pocos salones, profesores y estudiantes del Colegio Agropecuario La Fortuna se tomaron la vía Barrancabermeja-Bucaramanga. Al mismo tiempo, docentes y estudiantes de la Sierra Nevada ocuparon la carretera Fundación-Bosconia, afirmando que hace un año están esperando que se complete el número de maestros (se requieren 150). En Córdoba, 40 alumnos y 20 padres caminaron 16 kilómetros, desde el corregimiento Jaraguay hasta Valencia, para que les asignen los cuatro docentes que les hacen falta (¡de matemática, español, biología y sociales!).
Y no sólo colegiales bloquearon. Las vías que comunican a Cartagena con Barranquilla fueron obstruidas por pobladores de Santa Catalina, que no tienen electricidad. Habitantes del barrio Siloé (Cali) bloquearon la calle primera con carrera 42, en protesta por la falta de agua.
Pero, ¿qué significa un bloqueo? Ante todo, un dilema de acción colectiva. Hay poco espacio para la espontaneidad. Se decide bloquear cuando se incumplen sistemáticamente pactos tácitos, cuando los niños no pueden estudiar, cuando deja de llegar la luz o el agua. El grupo debe ponerse de acuerdo, organizar la ida, el regreso, y el bloqueo implica largas caminatas, posibles agresiones, pérdida de jornadas laborales o de estudio.
Pese al trabajo que demandan, los bloqueos pasan desapercibidos entre pequeñas noticias cotidianas. Y aunque ocurren con frecuencia, las obstrucciones —en protesta por fallas en la educación o servicios públicos— no forman parte de ningún debate político.
Si la carretera está trancada, por derrumbes o manifestantes, hay que desbloquearla (y rápido). Con maquinaria, si son piedras, o con excusas, si es gente. “La electrificadora tratará de mejorar”, “No hay agua porque el verano secó el río”, “El año entrante llegarán los maestros”.