— Oítes Maruja, no veo la hora de que se terminen estas benditas vacaciones.
— ¿Qué pasó? ¿Qué bicho te picó? ¿Los calores del verano se te arrejuntaron con los calores tuyos?
— Figurate que la hija mía, Nubia Amparo, se fue con toda la recua a temperar a Puerto Berrío y me pidió el favor de que le tuviera en mi casa el perro.
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— ¿Cómo es que llama el perro?
— Toribio.
— ¿Toribio? Ole Tola, ¿cuál es el viciesito de la gente de ponele nombres humanos a las mascotas? Valiente pendejada… Por mi cuadra cada rato me llaman y volteo yo y están llamando una perra.
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— No he tenido sino problemas con este chandoso… Lo saco a pasiar y la gente se noja porque no recojo el popó.
— Pero Tola, el colmo que no recojás la caca de ese animal… ¿A vos te gustaría que los nietos tuyos fueran a jugar a una manga tuquia de bollos?
— ¿Y entonces dónde pongo a ensuciar a Toribio?
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— Pues enseñalo a dar del cuerpo en la casa… Yo no entiendo por qué los dueños de perros los sacan a campiar en la calle. Si se supone que son como un miembro más de la familia, como un hijo, pues familia que defeca unida en la casa, permanece unida.
— Tenés razón: uno nunca saca los niños a poposiar en los parques.
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— Y los dueños creen que con recoger la plasta es suficiente… Ni crean, la manga queda untada… Otra cosa que me condena de la ira es que los amos de perros creen que el lugar ideal para peinarlos es el parque y dejan ese pelero que después se tragan las personas.
— ¿Entonces cuál es la solución, Maruja?
— Acostumbrar a los perros a hacer sus necesidades en la casa, bañarlos y peinarlos en la casa, ponerles el bozal y ahí sí sacarlos a pasiar.
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— Ese perro es tan inteligente… Figurate que le digo: Toribio, falso positivo, y ahí mismo se tumba en el piso. Y le digo: Toribio, hágase el Yidisprocurador, y cierra los ojos. Y le digo: Toribio, hágase el Ministro de Hacienda, y le ladra a los pobres. Y le digo: Toribio, hágase el Rodrigo Rivera, y ahí mismo se voltea.
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— Los perros son muy lindos, Tola, ellos no tienen la culpa de lo demasiado humanos que son sus dueños… En mi casa tuvimos un San Bernardo, ¿te acordás?
— Claro, divino, que le decíamos don Berna… ¿Qué pasó con él, que no lo volví a ver? ¿También lo estraditaron?
— Lo tuve que regalar, me acabó con los muebles.
— Pero vos le sacates platica, porque me acuerdo que lo arquilabas pa demoliciones.
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— Pero lo que me aburrió fue otra cosa: Vos sabés que los San Bernardos mantienen un barrilito pegado del cuello, y hay que mantenérselo lleno de brandy quizque pa que no se depriman.
— No sigás, ya adiviné Maruja: Tu marido Perucho se lo bogaba.
— Pior: se lo bebía el perro… Yo me mantenía muy rabona porque el brandy no daba un brinco y entonces me puse a pistiar el berriondo perro… Preciso: se subía al poyo del fogón, abría un cajón y sacaba un pitillo.
— Los perros son muy inteligentes… Los brutos somos los dueños.
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— Ve Tola, doblando la hoja, me acordé del arquero René Higuita, que con ese pelero parece un perrito crespúber… Debe andar güete René que ahora sí va a poder participar en una Costituyente.
— Claro, la Costituyente que se inventaron los uribistas, más conocida como Plan C o Embeleco II.
* Tola y Maruja por fin en Manizales: Teatro Los Fundadores, julio 3.