—OITES TOLA, TE NOTO COMO EStragada… ¿Qué te pasa?
—Que me puse de boba a decirle a mi marido Ananías que me pagara mi trabajo como ama de casa y me ha sabido a cacho.
—No fregués… ¿Por qué no me habías contao?
—Es que vos sos muy burletera… Ve te cuento: estuve charlando con Flores Tomas, la líder feminista, y me abrió los ojos… Me dijo que no fuera boba, que el trabajo doméstico es muy duro y que las amas de casa merecemos un salario.
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—Tiene razón y le cuelga.
—Entonces me fui derechito donde Ananías y le dije que yo no iba a seguir mantequiando gratis, que me tenía que tratar como empleada doméstica… Y me parece que ahí estuvo la falla: en la palabra “tratar”… Lo primero que me pidió Ananías fueron tres recomendaciones… Menos mal doña Lina me dio una y me conseguí las otras dos con vecinas… Me dio vergüenza decirte a vos.
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—Menos mal, porque yo no te la hubiera dado… Perdoná Tola, pero yo no te conozco como sirvienta… Y si algo le he aprendido a Uribe es que primero está la ética que la amistá.
—Y bueno, Ananías tampoco me la hubiera recibido porque te tiene en muy mal concepto, él dice que sos vos la que me ha dañao.
—¿Eso piensa de mí ese nariz de payaso? ¡Rodillijunto patiapartao!
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—Después este infame me pidió el Pasado judicial… Figurate, este entelerido que me conoce hace siglos.
—No me digás que ese calzón sin gente también te pidió certificaos médicos.
—Eso es lo de menos: cuando por fin reuní todos los papeles que me esigió este asqueroso, me resultó con que no podía contratarme diretamente sino que tenía que ser por medio de una coperativa.
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—Provoca estripar ese barriga de yoyo.
—Y el primero de otubre a las cinco de la mañana empecé a trabajar oficialmente como muchacha del ser…
—¿Muchacha o cuchacha?
—…Y a las siete tuvimos el primer encontrón: este descarao me ordenó que le llevara el desayuno a la cama… Y yo sin poder chistar, por estar en período de prueba.
—Pero me supongo que dotó de uniforme.
—¡Cuál uniforme ni qué pan caliente!, me tocó hacer oficios con la sudadera de la gimnasia y una camiseta vieja que conservo de “Belisario presidente, sí se puede”.
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—¿Y por qué no arrancates de una a denunciarlo en la oficina del trabajo?
—Esperate, que se la hice mejor: cuando le llevé la mediamañana le dije que teníamos que hablar de la retroactividá.
—Muy buena… ¿Son cuántos años? ¿Sesenta?
—Se quedó callao, pero se le sentía la rabiecita y salió a pisar por donde yo había trapiao y a tirar al suelo la ceniza del Pielroja… Al almuerzo no dijo ni mú, pero con la mirada me rumbó a que yo almorzara en la cocina.
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—¡Tola!, ¿comiste en la cocina sentada en la banquita y pusites el plato en el bordo de la poceta? Qué humillación, yo le hubiera tirao el sancocho en las patas a ese ojos de vaca.
—Por la noche estaba rendida, y no tanto por el trajín, que era el mismo de siempre, sino por la tensión de ser mi primer día laboral… Y me dio por sentarme a ver televisor y se vino como un rayo este desgraciao y me lo apagó que porque yo no podía ver telenovelas.
—Yo le quiebro el control en la cocorota a ese dientes de yuca.
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—Cuando por fin me fui a acostar, después de lavar toda la loza y dejarle servida la merienda, este desgraciao me señaló un nido que me había armado debajo de las escalas.
—Uyy… Muy santa vos, yo mato y como del muerto.
—Al otro día le hice “operación tortuga”: le lavé medio calzoncillo, una sola media, no le serví sobremesa… Estoy que no aguanto, porque cómo te parece Maruja que este inrresponsable se me pierde los días de quincena.
—Hasta bueno Tola que estás viviendo el calvario de una empleada doméstica.
—Lo único bueno de esa esperiencia es que cuando me agacho a barrer debajo de las camas, Ananías me toca la nalga.