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Tola y Maruja nos cuentan los secretos de Petro en Lisboa

23 de noviembre de 2025 - 12:05 a. m.

Gustavo Francisco -dijo Maruja con voz imperativa, como cuando se va a regañar un hijo y se le enfatizan los dos nombres-, tenga la bondá y nos esplica qué es esta cuenta de 40 euros en un burdel de Lisboa.

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Petro no se achantó y contestó firme: fue un acto revolucionario, tías. ¿Cómo así? -inquirí yo-, ¿qué tiene de revolucionario un vagamundiadero? No nos crea caídas del zarzo, mijitico.

Si me sirven un tinto bien cerrero les cuento, tías -dijo Tavo con una serenidá de poeta que nos dejó friquis-. No señor, sumercé no puede tomar tanto café porque lo pone a babiar -le dijo Maruja secamente.

Yo me volé de los compromisos oficiales y me fui a caminar las calles de Lisboa -comenzó Petro mirando en lejanía como un bardo inspirao- y me topé con la Rúa Cuadrapichau.

Y había un bar llamado Ménage Strip dónde un cartel decía: Happy hour, y entré para aprovechar el precio y tomar una caipiriña. El local me pareció raro: a media luz, olor a ambientador y las meseras en bikini.

También me llamó la atención un pequeño escenario circular en el centro con una barra como de bus, y pensé: ve, debe ser para enseñarle a la gente a viajar en Transmilenio.

Llegó la mesera con su uniforme de trabajo y eso me puso nervioso pues tenía un cuerpo que ya se quisiera Verónica… mejor dicho, como se dice vulgarmente: el cuerpo del delito.

Mientras me tomaba la caipiriña salió una garota a bailar en la barra que yo creí de bus y que resultó ser de pole dance, haciendo unas piruetas haga de cuenta yo justificando el bombardeo de menores.

Embelesado viendo a la chica acompasar divinamente su cerebro con la pelvis no sentí cuando se me acercó un hombre y me dijo casi a quemarropa: ¿vocé precisa uma garota?

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Yo le dije que sí, pensando en que podría convencer a esa chica de abandonar la triste vida de complacer capitalistas que no saben poemas ni tocan guitarra y les toca comprar el sexo.

El hombre le hizo señas con la boca a una muchacha y ella me cogió de la mano y me condujo entre la penumbra a su nido de amor, una cama también con una barra en el medio.

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Ella se zafó el corpiño y yo la frené con un suave ademán: no vengo a poseerte sino a seducirte ideológicamente… quiero que combines la sexualidad con la cultura, eso se llama erotismo.

¿Vocé lo que pretende es que se lo dé gratis? -me dijo la garota volviéndose a vestir-. Oh, no -dije con voz sedosa-, quiero leerte para que

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veas que te han convertido en una mercancía.

Saqué el libro de Marx que cargo cuando hago mis correrías nocturnas y le leí la parte donde el padre del materialismo histórico dice que el proletario lo único que tiene suyo es su cuerpo, su fuerza de trabajo.

Cuando el capitalista-esclavista-facho-nazi te paga por tu cuerpo, se queda con la plusvalía y así le da a tu anatomía: a tus pechos turgentes, a tus carnosos glúteos, a tus curvas sin frenos… un valor de mercancía.

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Vocé habla muito bonito pero yo preciso meu pago -dijo la garota, quizá confundida por la codicia alienante que han sembrado en su mente los medios hegemónicos

sionistas.

Mira garota te leo esto tan interesante que dice Marx: todos los hombres son iguales… ¡No pues, valiente descubrimiento -ripostó ella-, eso lo sabemos las mujeres hace siglos: todos los hombres son igualitos… Y si no vea vocé!

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Mor, usted mijito es pura paja -prosiguió la garota-… upa pues mi plata que yo no vine a oírle su carreta barata con la que enreda a mis compatriotas… se estrelló mi querido: soy colombiana.

Ay, Gaza.

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