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Altavoz 2010: Música y convivencia sin partitura

04 de noviembre de 2010 - 09:55 p. m.

CON INCOMODIDAD Y LLUVIA PERtinaz, los amantes del rock, el hip hop, el rap, el reggae y el ska gozaron de la más diversa cascada de sonidos y ritmos en el reciente Festival Altavoz de Medellín.

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Cincuenta mil jóvenes convivieron doce horas diarias —del 16 al 18 de octubre— en un orden espontáneo y con pleno vigor de los valores constitucionales. En esta comunidad de jóvenes exultantes la autorregulación ciudadana produjo más concordia que cualquier disciplina vigilante y coercible, sin que fueran necesarios los engranajes de autoridad competente, tan reclamados en otros escenarios sociales.

Fue un espectáculo gratuito, sin competición entre artistas (cuya selección no estuvo exenta de subjetividad), en el que brotó a raudales la potencia creativa de los músicos participantes: todas las obras eran de autoría de sus intérpretes y ninguno requirió partitura para ejecutar sofisticadísimas melodías de extensos repertorios (cada músico debía dar unas tres mil notas por canción). Impresionó la pluralidad de expresiones: la diversidad regional (bogotanos, costeños, paisas, pastusos, etc.), la generacional (octogenarios, gente madura y adolescentes), la ideológica (bandas radicalmente contestatarias y grupos con mensaje místico-religioso), y la tecnológica (guitarras computarizadas al lado de rústicas gaitas sanjacinteras).

En la grata memoria (selectivamente subjetiva) dejaron huella algunos grupos: Lilith de Medellín (cuatro chicas y un baterista) con su rock pesado, impecablemente armónico y  de polifonías sugestivas, con sus canciones Réquiem y Acosador; Bárbara-banda de Pasto con su fusión de rock, reggae y aires andinos y su reivindicación del líder histórico indígena Agualongo (incrédulo enemigo de la Independencia); Systema Solar, mezcla maravillosa de raíces caribes (cumbias y porros) con rap y reggaetón, con su pregunta por “¿Donde está el amarillo?” en la canción Kolombia; Burkina, equilibrada fusión de pop, jazz, porro y cumbia; Nación Criminal, con mensaje crítico: Candy 66, con su imploración roquera estridente de Madre de Dios, sálvame; La Mala Senda, un rock atronador que expresa letras románticas tales como Sólo por ti; Parlantes, con sonidos de bolero tropical y tango y su recordación de J. M. Valle.

En tanta profusión queda como especialmente memorable la actuación de Skatalites, mítica agrupación jamaicana creadora del género Ska, cuyos integrantes oscilan entre octogenarios y veinteañeros. Estos legendarios músicos hicieron bailar hasta el delirio, durante dos horas ininterrumpidas, a la multitud juvenil que los ovacionaba.

Desde luego, la calidad de todos los artistas participantes no fue homogénea y fueron evidentes los contrastes en cuanto a la parte lírica y al nivel musical. Grupos tales como Banda de Turistas (Argentina) trajeron un pop excesivamente adolescente. Tampoco parece afortunado cerrar un festival de estas dimensiones con Robi Draco Rosa, artista acentuadamente comercial, ex integrante de la insoportable agrupación Menudo hoy cantante de pop, muy sobrevalorado por los medios, de voz intrascendente y melodías simples aunque con insuperable respaldo instrumental.

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