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¿De dónde es esa música?

01 de septiembre de 2008 - 09:57 p. m.

LA EXHIBICIÓN DE “POP” CHINO EN la clausura de los Juegos Olímpicos sugiere que la música no le pertenece a nadie, porque nos pertenece a todos.

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Una forma musical no es de esta o aquella región del mundo o de algún lejano rincón del planeta. Aunque se acune en determinada comunidad nacional o regional  —que le imprime su sello original—, la expresión cultural sonora echa a andar por el mundo y todo ser humano está capacitado para recrearla con tanta sensibilidad y dominio como sus iniciales forjadores.

Los japoneses han sido maestros en “apropiarse” de la producción musical de las naciones más lejanas a su cultura: hace unas décadas la Orquesta Típica de Tokio sorprendió con un tango de igual o mejor factura que el rioplatense-uruguayo (la diferencia entre el oriental y el suramericano es imperceptible). Durante los setenta la guitarra de Ryo Kawasaki enriqueció el jazz con toda la perfección melancólica propia de los aires afrodescendientes estadounidenses.

Nuestros compositores costeños son paradigmas de sensibilidad universal. Adolfo Mejía, culto músico cartagenero, les enseñó a los argentinos a componer sambas con la delicadeza excelsa de una composición como Manopili. Lucho Bermúdez, además de cumbias, porros y mapalés escribió el exquisito pasillo andino Espíritu colombiano y el conocido Tus recuerdos (“di todo yo en ti…”). Le corresponde a Julio Erazo, inspirado compositor de El Guamal, el mérito de haber compuesto, a orillas del Magdalena, el más popular tango colombiano: Lejos de ti (que empieza “Hoy que la lluvia entristeciendo está la noche…”), grabado por el argentino Raúl Garcés y los Caballeros del Tango. En tiempos más recientes Antonio Arnedo, de raíz cordobesa, está haciendo un renovador jazz en Nueva York, en fusión con nuestros ritmos tropicales.

José Barros, genial autor de cumbias (La Piragua) y porros (Pilanderas), desde El Banco legó al mundo del bolero Busco tu recuerdo, internacionalizada en la voz del puertorriqueño Charlie Figueroa. Y ya antes de aportar a nuestra música andina el antológico pasillo Pesares, había logrado que los legendarios Trovadores de Cuyo le grabaran Clavelitos rojos, pasillo melifluo (como todas las canciones a la madre) de inconfundible sabor ecuatoriano.

Tampoco olvidemos que el bambuco se trasladó un día hasta la península mexicana de Yucatán, donde obtuvo residencia como aire de aquella tierra; que fue la tolimense Matilde Díaz, quien cantó con toda la sabrosura costeña nuestra música tropical; que el cucuteño Arnulfo Briceño compuso Ay mi llanura, un himno al Llano colombo-venezolano; y que Teric Tucci, refinado músico argentino, arreglista de Gardel, tejió en Nueva York primorosos pasillos colombianos. Y qué decir de la asombrosa cercanía de ciertos pasajes del cuarteto Rasoumowky de Beethoven (N° 2, Allegretto) con el pasillo colombiano.

Todo ello refuerza la idea de unidad de la humanidad, esta vez a partir de su rica diversidad cultural. Cobra significado aquello de We’re all God’s people, insinuación contenida en la canción de Freddie Mercury y Mike Moran, interpretada —como rock operático con vibrar de tambores africanos— por el grupo Queen en su último álbum, Innuendo (1990). Trabajo en el que, además, estos rockeros británicos se toman la licencia de ejecutar sugestivos segmentos de flamenco español.

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